La prisión del General Paz en Luján.

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El 10 de mayo de 1831, el General Paz cae prisionero de un modo difícil de conjugar con su talla de estratega y la altura de su cargo: gobernador de Córdoba y Jefe Supremo Militar de la Liga del Interior (1).

En el paraje cordobés de los Álvarez, cerca de la localidad de Villa Concepción del Tío (en el noreste de Córdoba), donde los hermanos Reinafé se tiroteaban con sus enemigos, José María Paz fue al encuentro de lo que creyó era una partida de su propia tropa. Envió un ordenanza que no regresó, luego al oficial Arana que fue muerto y luego, cuando inició la huida, fue alcanzado por un tiro de boleadoras (2).

“El pobre general se engañó y fue presa del enemigo por su poca destreza en el manejo del soberbio caballo que montaba, y por su temeraria delicadeza de que no lo viera su ejército volver huyendo de una partida tan pequeña”, cuenta en sus “Memorias” el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, “le habían boleado el caballo casi al frente del centro derecho de donde había estado parada la columna”. Luego lo sentaron en ancas del caballo “de Santos Pérez, que mandaba la partida, o no sé si de otro”, y partieron a escape, “lo subieron en pelo en un caballo de tiro, y bien asegurado sobre él, corrieron por los montes hasta ponerlo en manos de la fuerza del gobernador (Estanislao) López al siguiente día”.

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Las boleadoras que cazaron a Paz, reliquias históricas MUSEO HISTORICO NACIONAL.

Paz estuvo preso en la Aduana de Santa Fe desde el 15 de mayo de 1831 hasta el 16 de septiembre de 1835, fecha en que fue trasladado a Luján, donde prosiguió su cautiverio. Así lo cuenta en sus “Memorias”.

“…El ayudante Vélez, por indisposiciones de salud, se había retirado por unos días a su casa, y el oficial primero de secretaría don Juan Moncillo hacía sus veces en la Aduana. En la noche del 16 de setiembre (1835) extrañamos con Margarita, que él viniese en persona a cerrar nuestra puerta, cuando siempre lo hacía el ordenanza del ayudante… A la mañana siguiente sucedió lo mismo, es decir, vino también en persona a abrir la puerta, lo que era ya una novedad… Apenas había pasado una media hora, cuando volvió a decirme que quería hablar a solas conmigo. Esto fue casi una señal de muerte para Margarita; se arrojó sobre la cama a llorar, pero sin que Moncillo pudiese notarlo. Este me dijo luego que me hube vestido y salido fuera de la habitación, que yo debía marchar en el acto, siéndole prohibido decir dónde. Le pregunté si podría llevar mi familia y contestó que no; volví a preguntar si podía llevar un criado, contestó también negativamente. Por último, pregunté si podía llevar algún equipaje, y me dijo que podía llevar una muda ligera de ropa…

Siempre acompañado de Moncillo, bajé la escalera que hacía cuatro años, cuatro meses y un día que había subido, y sin la menor detención, me dirigí al puerto; entramos a la casilla del resguardo y allí encontré a mi madre y a Margarita… Yo hubiera deseado evitar a mi familia este cruel momento, pero ella, en su desesperación, nada calculó y quiso darme el que creía último adiós…”

Cabildo de Luján.
Acceso al Cabildo de Luján.

No permitieron que Margarita, embarazada, lo acompañase. Margarita Weild, su sobrina 24 años menor, era su esposa desde el 31 de marzo de 1835. Se casaron en la celda de Santa Fe apenas recibida la dispensa de parentesco solicitada al obispo de Buenos Aires. Su madre, Tiburcia Haedo de Paz, y Manuel Cabrera apadrinaron la breve ceremonia bendecida por el presbítero Francisco Solano Cabrera. Ordenes de López permitieron la convivencia del matrimonio.

“En el puerto estaba una partida a cargo del capitán Díaz, que me recibió, y subimos a un lanchón… Después que hubimos navegado un rato me dijo el capitán Díaz que mi dirección era Buenos Aires, debiendo él entregarme en el Arroyo del Medio, límite de la jurisdicción de Santa Fe; que el general López le había encargado me dijese, que, aunque iba a poder de Rosas, no era creíble que se me fusilase después de una prisión tan dilatada…”

Cuatro años habían pasado…

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“… nadie ignora lo que importaban e importan hasta ahora, esas remisiones de hombres que se hacen los gobernantes que rigen actualmente los destinos de nuestro país y todos saben los centenares de presos que han desaparecido en los suplicios, a consecuencias de esas bárbaras entregas…

… un Fernández, al saber que me dirigían a Buenos Aires manifestó la mayor admiración y aproximándose me dijo con repetición:
-Señor, va usted mal a Buenos Aires; allí las cosas toman un carácter terrible; de ningún modo haga usted tal cosa…
Debí creer que él venía quizá de acuerdo con Serrano o con otros, que podía decir amigos, de sustraerme a mi fatal destino, y que esto había querido darme a entender… llamé a mi criado que era un muchacho de doce años, y traté de mandarlo a que buscase a dicho Fernández… el criado era un tontuelo y nada pudo conseguir; sin embargo esperaba que si alguien tomaba algún interés por mi destino, me lo harían conocer de cualquier nodo durante el curso de la noche, pero nada hubo…”

El Gral. Paz y su esposa Margarita en la prisión de Luján. Óleo sobre tela, ejecutado por Benedetto Sparapani.
Paz y su esposa, Margarita, presos en el Cabildo de Luján. Óleo de Benedetto Sparapani.

Los planes de fuga de Paz incluso estuvieron conjugados con su matrimonio legal y nunca abandonaron su mente desde el mismo momento en que fuera capturado. “Aprehendido y puesto en ancas lo llevaron al cuartel general del Señor General López. Habían recorrido unas cuantas leguas, cuando dijo al jefe de la guerrilla que daría tres mil pesos á cada uno de sus soldados y lo llenaría de plata, si consintiese en acompañarlo fuera del territorio de la República. Este valiente oficial le contestó que si se atrevía á hacerle otra vez la misma proposición, lo dejaría muerto de un sablazo. El general Paz prometió no volver más sobre el asunto” (3).

“Era puesto ya el sol cuando llegamos a la margen izquierda del Arroyo del Medio a casa de un conocido del capitán, donde se demoró un poco, aguardando sin duda que fuese bien entrada la noche. Pasamos luego el arroyo, y no tardamos en distinguir la casa de Acevedo y los fuegos de un pequeño campamento que estaba inmediato… le pregunté quién era el jefe de aquella fuerza; supe con gusto que era el coronel don Antonio Ramírez, antiguo compañero y conocido mío en el Ejército del Perú… Una de las cosas que primero me preguntó Ramírez fue de mi familia, y cuando supo que había quedado en Santa Fe se manifestó maravillado porque, según las órdenes que había recibido de Rosas, suponía que venía conmigo. Tuvo la condescendencia de leerme un artículo que trataba de ella; decía que se proporcionaría para su transporte, carretones o carretillas decentes, que se pedirían al vecindario, etc. Ahora el arrancarme del lado de ella, el tenaz empeño de prohibirle que me acompañase, el revestir aquella medida de todas las apariencias de una catástrofe final, sin contra lo terrible que tenía por sí sola nuestra separación, fue obra exclusiva de López y Cullen, fue un refinamiento de rencor y después de todo, una crueldad inútil, pues no sirvió ni a recomendarlos con Rosas, si es que lo pensaron.

Ramírez me había hablado muy amistosamente y me había dicho que tenía orden de dirigirse a Luján, que era su residencia, pero que entretanto esperaba nuevas órdenes que recibiría en el camino en contestación al parte de haberme recibido…

La noche y la mañana siguientes fueron lluviosas, pero apenas cesó de llover nos pusimos en camino. Ramírez había traído para custodiarme nada menos que un escuadrón, para el que se había hecho una prolija elección de oficiales y tropa, cuidando que no viniese ningún cordobés. ¡Vana precaución! Todos, menos los oficiales, vestían chaquetas, chiripá y gorra encarnada y llevaban además una chapa también punzó al pecho con el viva la federación y mueran los unitarios

Los aguaceros de esos días habían sido copiosos y a eso atribuía Ramírez la demora de la contestación de Rosas, que ya tardaba, según su cuenta. Nos pusimos en marcha el 22 y llegamos al río de Areco, que encontramos crecido extraordinariamente…

…después de más de una hora continuamos marchando y ya percibíamos de muy cerca la torre de la iglesia de Luján, cuando el coche, haciendo una conversión a la derecha, salió a toda rienda en la dirección sud. Creí entonces firmemente que mi suerte estaba fatalmente decidida y que se me llevaba a algún lugar designado para la ejecución… ya hacía mis composiciones de lugar, ya procuraba tranquilizar mi espíritu, ya, en fin, procuraba familiarizarme con tan triste idea, cuando el coche después de haber andado doce o quince cuadras en la nueva dirección, torció bruscamente a la izquierda, por un movimiento contrario, tomando otra vez la de Luján, de donde distábamos muy poco…

Tardó Ramírez en venir cerca de una hora; mas cuando lo hizo, fue con un semblante placentero y extendiendo los brazos me dijo: -Somos de vida, acabo de recibir la comunicación que esperaba y me dice el Gobierno que se le aloje a usted cómodamente y que se le trate bien; esto indica que sus días deben ser conservados. Entretanto – continuó -, crea usted que yo también he estado en la más cruel ansiedad y que no es sino temblando, que he abierto el pliego que acabo de recibir; sí, mi amigo – repitió -, temblando he leído las últimas órdenes que me han venido pero ellas me han tranquilizado y lo felicito a usted por ello. En seguida me dijo que estaban preparando una pieza en el Cabildo para mí y que esa noche sería trasladado. Así fue; a las ocho de la noche se me condujo al Cabildo y yo quedé luego instalado en una pieza alta con salida al corredor o balcón y vista a la plaza del pueblo y al campo. El cuarto era desahogado y tenía una ventana que caía al mismo corredor. Sin embargo la incomunicación era más rigurosa que nunca y mi soledad era completa. Esta soledad fue mi mayor tormento durante mi prisión; mi familia me la había hecho más llevadera y ahora me veía privado de ella…

A los pocos días de mi llegada a Luján, se me presentó Ramírez para leerme un capítulo de la carta de Rosas, en que le decía más o menos lo siguiente: “Haga usted entender al general Paz que se le abonará su sueldo y que pida cuanto necesite, que le será proporcionado; pero que, en punto a seguridad, no hay que hablar, pues se tomarán las precauciones imaginables; que su filiación está circulada en toda la provincia y que si llegara a intentar fuga o fugarse, será fusilado, sin otro término que el preciso para administrarle los auxilios espirituales. Que, por lo demás, no es mi ánimo dañarle, pero que el estado de las cosas políticas y lo más caro de mis deberes públicos me obligan a esta medida…

Cuatro meses seguí en Luján, arrastrando una penosa existencia, en la soledad más completa y en la incertidumbre más molesta. La tardanza de mi familia me hacía entender que se le había prohibido reunirse conmigo, y esta prohibición no debía ser hija sino de medidas siniestras, que habían de tomarse con respecto a mí. Así discurría, y así me atormentaba, cuando en enero del año 36, llegó Margarita, mi madre y Rosario, quien habiendo dejado a Elizalde (4) en la Colonia, venía a acompañar a su hija, durante su parto; Margarita estaba ya en meses mayores. Querer pintar el consuelo que me sirvió la venida de mi familia es superior a los esfuerzos de mi pluma; hay cosas que mejor se conciben que se dicen, y ésta es una de ellas; al fin volvía a verme reunido con los míos, y veía también a Rosario, que además de ser mi hermana era entonces mi suegra, después de siete años de ausencia. Gozando, como nos era posible gozar, continuamos hasta el parto de Margarita, que fue el 10 de abril a las 6 de la tarde, dando a luz a mi primer hijo José María Ezequiel…

Tres hijos tuvo el matrimonio Paz en cautiverio… en 1836 José María Ezequiel, en 1837 una mujer, María Josefa Catalina, que murió a los cinco meses, y en 1838 otra, Rafaela Josefa Margarita.

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Habitación y vistas donde estuvo preso Paz, descriptas en sus “Memorias”. Cabildo de Luján.

“Entró el año 39… mi madre desmejoraba todos los días en su salud… el día 10 de febrero, a las cuatro de la tarde, falleció…

… el sábado 20 de abril (1839), a eso de las diez de la mañana, vino Rosario corriendo a decirnos que un soldado había ido a contarle, que acababa de ver en lo del Juez de Paz, por casualidad, que había llegado la orden para mi libertad. Antes de un cuarto de hora estuvo el capitán Sagasti a hacerme saber oficialmente que se abrían las puertas de mi calabozo, debiendo pasar a Buenos Aires, donde me presentaría a la policía, y permaneciera, como suele decirse, con la ciudad por cárcel…”

Con Buenos Aires como cárcel, Paz y Margarita tuvieron privacidad y vida social. El general trató de pasar inadvertido y abocado a escribir sus “Memorias”, pero ni bien pudo se fugó a la Banda Oriental, la noche del 3 de abril de 1840, para incorporarse de nuevo a la lucha contra Rosas. Margarita lo siguió poco después con los hijos y se instaló en Colonia.

Allí acabó el año matrimonial. José María retomó el oficio de la guerra, enredándose nuevamente en políticas absurdas. Del mismo modo que fuera apresado en su Córdoba natal fue derrotado en política por hombres más hábiles. Marchó pobre a Río de Janeiro para instalar una granja y sobrevivir vendiendo empanadas en el vecindario. Allí, el 5 de julio de 1848, Margarita Weild de Paz falleció a sus 33 años al dar a luz su décimo hijo, Rafael. Su tío y esposo, el “manco” Paz, la acompañaría seis años después, el 22 de octubre de 1854.

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(1) La Liga del Interior fue la coalición unitaria conformada por las provincias de Salta, Tucumán, Catamarca, Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja y Santiago del Estero, opuesta a los caudillos federales del Litoral, en especial Estanislao López, de Santa Fé y Juan Manuel de Rosas, de Buenos Aires.La guerra entre el interior y el litoral sobrevino inmediatamente. El gobernador de Santa Fé, Estanislao López, es nombrado general en jefe del ejército confederado. Quiroga operaba con éxito sobre Córdoba. El general Pacheco derrota a Pedernra en Fraile Muerto y los federales ocupan Tío, India Muerta y Totoral Chico. Quiroga toma Río Cuarto y avanza sobre San Luis y en el Río Quinto derrota a Pringles. Convulsionada Córdoba y con Quiroga a su espalda, “el Manco” Paz decide ir sobre López. López rehuye el enfrentamiento y retrocede hasta los Calchines. Paz ordena a Dehesa marchar contra los Reinafé. Casi llegada la noche, el general Paz escucha un tiroteo que supone de sus guerrillas con el enemigo, y se adelanta en reconocimiento de las fuerzas que se batían, acompañado con un ayudante, su ordenanza y un baqueano. Jorge Newton, en su libro “Facundo Quiroga, aventura y leyenda”, identifica al paisao que boleó el caballo del “manco” Paz, como Francisco Ceballos, quien muere en 1833 en Piedras Blancas, en una refriega comandando una partida revolucionaria contra los Reinafé, llevada a cabo por Ruiz Hidobro durante la expedición al desierto. A partir de esa revolucion quiraguiana, según dicho autor, se gestaría la futura tragedia de Barranca Yaco.

 

(2) En carta a Juan Manuel de Rosas, el gobernador de Santa Fe, Estanislao López escribe que “El Soldado Francisco Zeballos, a cuyo brazo debemos presa tan importante, remite como prueba de su estimación, aunque no tiene el gusto de conocerlo el fiador y manea que usaba el Protector (Paz), y las bolas con que le sujetó el caballo”. Los objetos capturados al “manco” Paz son ahora reliquias históricas MUSEO HISTORICO NACIONAL, lo mismo las boleadoras que le han dado caza. Zeballos fue ascendido al grado de capitán de la Milicia Patricia de Caballería del Ejército Federal Confederado, que mandaba el general santafecino López. Se halló dos años más tarde, el 14 de julio de 1833, en la batalla de Piedra Blanca, provincia de Córdoba, donde cayó muerto en combate).
(3) Periódico “El Lucero”editor al napolitano Pedro de Angelis. Fuente: Jóvenes Revisionistas.
(4) Elizalde fue el segundo esposo de la viuda (Rosario).

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