Buenos Aires en 1817.

Vista general de Buenos Aires desde la plaza de toros, por Emeric Essex Vidal, 1817
Emeric Essex Vidal, Vista general de Buenos Aires desde la Plaza de Toros, 1817.

El 21 de junio de 1817 Samuel Haigh zarpó de Dover, Inglaterra, con el “buen barco Catalina” cargado de mercadería hacia Buenos Aires. Después de “diez semanas pesadas” en un “bergantín pequeño con mal olor y mala alimentación”, llegó el 1 de septiembre saludando “el Cabo Santa María, entrada septentrional del Río de la Plata”. Así describió Buenos Aires en su libro “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú”, publicado en 1829.


“… La ciudad de Buenos Aires ha sido a menudo descripta, y debe estar fresca en la memoria de la mayor parte de los lectores. Hay en ella un aspecto desordenado e inconcluso que de todo tiene menos de agradable; con excepción de pocas calles, en las cercanías de la Plaza, las casas son bajas y sucias y van en progresión descendente a medida que se va a los arrabales. Sin embargo, hay numerosas casas bien construidas en las calles principales; la mayor parte de un piso, hechas de ladrillo y blanqueadas, con patios y terrenos amplios, y dependencias para la servidumbre a estilo español, y la usual gran portada gótica; algunas veces las armas de los primitivos propietarios se ven esculpidas en piedra sobre la puerta. Los techos de azotea son planos y cubiertos con piedra, algunos patios son pavimentados con mosaico de mármol blanco y negro. Las casas mejores tienen un toldo en los patios a la altura del techo que sirve de sombra contra el extremo calor solar. Las ventanas rara vez tienen vidrios, pero están protegidas por rejas de hierro que producen un aspecto de cárcel.

Las iglesias son grandes y tristes por fuera, y los muros de la mayor parte están cubiertos en lo alto con pajas y yuyos.

La Plaza Mayor es amplia y hermosa, con una pirámide en el centro, protegida del lado del río por un fuerte, que, aunque no de mayor importancia, tiene hermoso aspecto, pero al principio, sólo se tuvo en vista proteger la ciudad contra los indios pamperos.

En el fuerte rodeado por muralla y foso, reside el gobernador y hay varias oficinas públicas pertenecientes al Ministerio de Guerra y Marina. El mercado para toda clase de frutas, legumbres y caza está en la Plaza Mayor que constantemente ofrece aspecto animado. Las bandolas que la rodean despliegan toda clase de artículos de Europa, China y Las Indias.

El sitio donde se vende carne merece mencionarse, está en las afueras de la ciudad. La carne se ofrece en un carro cubierto, y su apariencia es todo menos incentivo para el apetito, cortada en grandes tiras, con sus cantos generalmente negros. La carne de vaca, en esta ciudad, es muy superior a la de carnero. No se permite sacrificar terneras, para que tal práctica no perjudique el comercio de cueros.

Pocas calles del centro están pavimentadas, pero en general se siente grande incomodidad por los lodazales en la estación lluviosa, y el huracán de polvo en la seca. Las veredas son estrechas y desagradables, con postes colocados casi junto a las casas, que hacen el caminar extraordinariamente fastidioso, en especial porque muchas de las veredas son calzadas levantadas dos o tres pies del nivel del suelo.

Hay, sin embargo, en las calles de Buenos Aires más señales de actividad y bullicio que en cualquiera otra ciudad sudamericana. Numerosos carros de mala forma, con ruedas chillonas de enorme circunferencia, aunque no del todo redondas, sin ninguna clase de adorno, picaneados por mestizos de indio, casi tan brutales como los animales que manejan; negros y mulatos, changadores indios, cargados con fardos y cajones de mercadería, o con talegos de pesos fuertes (porque en aquellos buenos tiempos ningún Banco había emitido papel moneda ni este país había hecho empréstito en Londres); damas en sus calesas (cochecitos de dos ruedas muy vistosamente pintados y tirados por una mula montada por postillón negro), otras caminando para ir a las tiendas o visitas, clérigos y frailes, comerciantes, militares, todos al parecer muy ocupados, contribuyen a hacer de la ciudad lo contrario de triste y sin interés. Antes he dicho que las iglesias son numerosas, las principales son la Catedral, Santo Domingo, la Merced, San Francisco y la Recoleta; éstas son muy grandes y hermosas. En tiempos de los españoles las iglesias se adornaban con gran profusión de oro y plata, pero las guerras de la Revolución las han despojado de su riqueza, y los altares e imágenes están ahora adornados con oropel en vez de substancia; prueba evidente del poder menguante de la clerecía, se vio cuando la propiedad eclesiástica se destinó al servicio del Estado, a pesar de que muchos y temibles anatemas tronaron desde el púlpito contra los que fuesen bastante sacrílegos y osados para quebrantar su santidad.

Las iglesias están siempre abiertas, de que se percata uno muy bien por el continuo tañido de las campanas. Las misas se celebran desde la aurora al mediodía, y en días de fiesta, de once a una son horas de moda; las damas entonces se ven en grupos seguidas de muchachas negras y mulatas llevando alfombras de los colores más vivos para arrodillarse, pues los templos carecen de escaños y están pavimentados con piedra o ladrillo. Una beldad española saca gran ventaja del vestido de misa, de seda negra perfectamente ajustado al cuerpo; mantilla blanca o negra puesta graciosamente en la cabeza, que a veces contrasta con un chal de seda de color vivo sobre los hombros; los zapatos y medias son de seda blanca porque las damas españolas nunca usan medias negras o azules y se enorgullecen mucho de sus pies lo que no es de admirar, pues generalmente muestran pie muy pequeño y muy torneado tobillo…”

Plano_Topográfico_BsAs 1817
Plano de la Ciudad y Ejido de Buenos Aires Año de 1817 J.M.Manso. José María Manso, 1817 (copia de 1912). Fuente: Archivo de la Asesoría de Investigaciones Históricas, MOP, Provincia de Buenos Aires.scribir una leyenda

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