Nota sobre los argentinos.

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El 23 de octubre de 1968, Jorge Luis Borges firma su Nota sobre los argentinos que, gracias a los Textos recobrados (1956-1986), podemos encontrar en las sucesivas reediciones y cuya cita original llega a Ernest H. Lewald, Argentina, análisis y autoanálisis, publicación de Editorial Sudamericana de 1969.

Inmortales serán muchas de las talladas piezas borgeanas, reconocidas en el mundo; en la historia quedarán sus contextos, como “bolillas de un programa”; antiguos o reaccionarios quedarán sus deslices políticos.

Las ideas políticas de Borges nacen con él en aquella Argentina agitada de El payador Leopoldo Lugones (1) y el radical Hipólito Yrigoyen, presidente en ejercicio cuando la familia Borges regresara al país después de siete años europeos (1921) que enmarcaron sus estudios secundarios.

Lejos de esta política mundana se levanta su obra hacia alguna utopía literaria, atemporal, autorreferencial, cuasi nexo y reescritura de textos anteriores y posible labor de un autor cosmopolita, desarraigado o inglés. Pero sus opiniones y sus textos también asomaron esporádicos al barro político argentino y la “Nota…” es uno de ellos. Allí no evita volver a plasmar su aversión al peronismo, uniéndolo en continuidad con la política de Juan Manuel de Rosas en el siglo XIX.

Por aquel entonces (1968) Jorge Luis Borges ostentaba el cargo de Director de la Biblioteca Nacional (2) y Juan Domingo Perón se encontraba exiliado en España, donde en una nota periodística (1965) le preguntaron: “¿Usted lo leyó a Borges?” (3)

“Borges… creo que estuvo aquí por Madrid. Es un escritor. ¿Qué escribe?” Cuentos, poesía, ensayos, le aclaran. “No, no lo he leído. Qué quiere, en estos diez años (1955-1965) no he podido estar para cuentos. Ni conozco a ningún cuentista. Los cuentos los hago yo.” Y ríe fuerte.

 

NOTA SOBRE LOS ARGENTINOS

La asidua reverencia que nuestras escuelas dedican a la historia argentina ha servido para borrarla o, mejor dicho, para simplificarla y endurecerla curiosamente. Las Invasiones Inglesas, la Revolución de 1810, la Guerra de la Independencia, las otras guerras, la larga sombra de la primera dictadura, las anteriores y ulteriores contiendas civiles y la Conquista del Desierto, han dejado de ser hechos humanos; son las bolillas de un programa o los capítulos de un libro de texto. Los días han decaído en aniversarios o en sesquicentenarios, los hombres que vivieron, en próceres, los próceres en calles y en mármoles.

Nuestra historia es un frígido museo. No la sentimos o la sentimos de manera elegíaca. Una de las razones es el hecho de que ahora somos otros. Aquel tiempo arriesgado y azaroso ya no es el nuestro; algo, silenciosamente, se ha roto.
Hablar del argentino es hablar de un tipo genérico; soy, a la manera inglesa, nominalista y descreo de los tipos genéricos. Aventuraré, sin embargo, alguna observación aproximativa, con la convicción resignada de que centenares y aún miles de objeciones podrán alegarse en su contra.

A partir de los actos que dieron el gobierno a los radicales (es decir, a la mayoría) es notoria la declinación gradual del país. Naturalmente, es imposible precisar una fecha; los relojes no marcan un instante en que el azul se vuelve gris. El nadir lo marcó la dictadura. (Cada cien años, Buenos Aires engendra un dictador que de algún modo siempre es el mismo. Al cabo de un plazo variable, las provincias – conste que soy porteño – tienen que venir a salvarnos. En 1852, fue Entre Ríos; en 1955 fue Córdoba). La blandura rayana en complicidad que ahora nos define hizo que la obra de la revolución quedara inconclusa.

Dos rasgos afligentes exhibe el argentino de nuestro tiempo. El primero es la penuria imaginativa. Las ciudades de nuestro territorio son modestos fragmentos de Buenos Aires, desparramados en mitad de la pampa: el arquetipo viene a ser, asimismo, una costosa réplica de París o, esporádicamente, de Nueva York. La facultad imitativa es el complemento o, si se prefiere, el reverso de la escasa imaginación.

Más grave que la falta de imaginación es la falta de sentido moral. Un americano, imbuido de tradición protestante, se preguntará en primer término si la acción que le proponen es justa; un argentino, si es lucrativa. Se da, también, una suerte de picardía desinteresada; ante un reglamento, nuestro hombre se pone a conjeturar de qué manera podría burlarlo. Nos cuesta concebir la realidad de las relaciones impersonales. El Estado es impersonal; por consiguiente no debemos tratarlo con exceso de escrúpulos; por consiguiente el contrabando y la coima son operaciones que merecen el respeto y, sin duda, la envidia.

Anoto sin alegría estas reflexiones. También sin ira; dada mi condición de contemporáneo, es inevitable que me parezca de algún modo a quienes denuncio.

Jorge Luis Borges, 23.10.1968

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(1) En las primeras décadas del siglo XX, el tremendo avance económico de la Argentina había atraído una enorme cantidad de trabajadores extranjeros al país y Buenos Aires, en particular, era un enorme hervidero de gente de muchas nacionalidades distintas. Esta inmigración tan masiva suscitó los temores de que las grandes oleadas de extranjeros desestabilizaran el país y de que los criollos se convirtieran en pseudoeuropeos o, peor aún, en una raza mestiza sin cualidades inherentes propias. ¿Qué significaba ser argentino? El establishment político buscó una respuesta en su poeta más famoso, Leopoldo Lugones, que en 1913 pronunció una serie de conferencias magistrales en el Teatro Odeón de Buenos Aires, a las que asistieron el presidente de la república y varios ministros del gabinete. El tema fundamental de estas conferencias era que los gauchos habían suministrado el cimiento de la identidad criolla, ya que habían formado la columna vertebral de los ejércitos patriotas en las guerras de independencia, y El gaucho Martín Fierro de José Hernández debía ser considerado la épica nacional de la Argentina porque expresaba el espíritu y el carácter esenciales del pueblo del Río de la Plata encarnados en el gaucho. Cuando Lugones publicó estas conferencias en un libro titulado El payador, declaró en el prólogo: “El objeto de este libro, es, pues, definir […] la poesía épica, demostrar que nuestro Martín Fierro pertenece a ella, estudiarla como tal, determinar simultáneamente, por la naturaleza de sus elementos, la formación de la raza, y con ello formular, por último, el secreto de su destino.” Esta interpretación del Martín Fierro iba a influir en el nacionalismo argentino durante muchas décadas, dándole un sesgo muy conservador y hasta reaccionario por el lugar privilegiado concedido al gaucho y a los criollos en la concepción de la identidad nacional.
(2) Cargo que ejerció ininterrumpidamente en el lapso de proscripción del peronismo, 1955-1973, hasta que Perón volvió al poder.
(3) Peicovich, Esteban, Hola Perón, Buenos Aires, Jorge Alvarez Editor, 1965, pp.17-18. De Rodolfo Edwards, Con el bombo y la palabra, Buenos Aires, 2014, Seix Barral, p.58.
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