El día que la Sociedad Rural abucheó a Raúl Alfonsín.

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Llovía. Era agosto. Invierno. Invierno radical (1). Se inauguraba oficialmente la 102° Exposición Rural Argentina. Siguiendo cierta tradición, el presidente Raúl Alfonsín, con más de cuatro años en el cargo, volvió a hacerse presente en el predio ferial de Palermo en Buenos Aires. 1988.

Las gradas estaban colmadas. Pilotos y paraguas azules y  negros. Toda la comitiva, desde Ernesto Figueras (2), hombre del “campo” (3) dentro del gobierno, hasta el propio presidente de la Sociedad Rural Argentina, Guillermo Alchourón, “Billy” Alchouron, afiliado radical.

Después, en el diario del lunes, se dijo que Alfonsín no debió haber asistido, que tropezaron los asesores y desafinaron los consejeros (4). El invierno se devoraba el Plan Primavera (5), la economía radical iba hacia el cadalso y en ese camino los dueños del “campo” sólo hacían un pasillo a la marcha del moribundo, casi guiándolo, dándole palmadas en la espalda.

El día húmedo y destemplado se oscurecía. El discurso anfitrión del presidente de la Sociedad Rural, fue el frío zaguán del embate: el gobierno “confisca una parte sustancial del ingreso de la producción agropecuaria para cubrir el déficit de la ineficiencia estatal”, dijo el correligionario “Billy” Alchouron en un discurso tan agresivo como interrumpidamente aplaudido, de pie.

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“… confiemos en los hombres de campo, que son moralmente sanos, honestos y trabajadores…”, Alchourón leía decidido, presto y enfocado en descargar su artillería, imperativo y demandante…

“… el equilibrio fiscal debe lograrse, pero no mediante el cercenamiento de esta esperanza de recuperación. Centenares de miles de productores nos miran, sus tractores e implementos están listos para multiplicar la cosecha y con los brazos templados los hombres de la tierra también están listos para hacer un país mejor. No los defraudemos, porque el progreso no va a lograrse con alquimias divorciadas de la realidad ni con industrias artificiales, ni con prohibiciones de exportación. El progreso se logrará con libertad, igualdad de oportunidades, entusiasmo y mediante la racionalización del Estado…”

Los aplausos interrumpían la enérgica voz de “Billy” que explicaba al Presidente, allí sentado, cómo debía lograrse el ansiado progreso mediante la “racionalización del Estado.

“La Sociedad Rural Argentina, como siempre lo hizo aun en medio de mayores inconvenientes, apuesta una vez más a favor del país porque forma parte del patrimonio común de la Nación. No bajará la guardia. Seguirá con su brega para obtener la definitiva erradicación de los errores y los privilegios que malgastan el esfuerzo y afectan el bienestar general.

También ratifica el compromiso irrevocable que siempre asumió con el país afirmando que no cejará en el empeño de alcanzar una producción mayor que son los pilares fundamentales para consolidar la democracia…

… Señor Presidente, compatriotas, los productores agropecuarios argentinos queremos producir mucho más porque estamos seguros que nuestra tierra lo permite en grado superlativo. También estamos convencidos que esa mayor producción permitirá exportar más porque el presente y el futuro de los mercados internacionales así lo señalan.

Nuestra voz no se limita a representar al campo. Estamos convencidos que es el clamor de la Argentina exportadora, tanto de origen agropecuario como industrial. Una Argentina que sólo exporta siete u ocho mil millones de dólares es inviable. Toda decisión que restrinja la vocación productiva y exportadora debe ser revisada y revocada. Todos debemos comprender que estos principios son irrenunciables. El bienestar general de nuestro pueblo y el prestigio de nuestro país así nos lo exige. Nada más.”

La ovación acompañó el camino de Alchourón desde el atril hasta el asiento contiguo al (ya agobiado) presidente Alfonsín, de profundo suspiro y cejas levantadas.

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Inmediatamente, sin foyer, la ovación se convirtió en abucheo cuando el locutor oficial anunció la palabra del “Señor Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca, Doctor Ernesto Juan Figueras”. Los silbidos se devoraron toda su alocución leída sin demasiada expresión.

“Sepamos comprender el presente para vivir el futuro construido sobre bases lógicas. En esta marcha con coraje y decisión no debe haber flojos, pero sepa el campo que tampoco va a haber guachos. Somos conscientes que muchas veces ponemos a prueba la fe del sector agropecuario en el país y en el gobierno pero también todos debemos saber que la fe debe ser inclaudicable en los momentos más difíciles. Sabemos que no hay salida de la crisis sin el campo, pero todos debemos saber que con el campo solamente no alcanza. Fatalmente, éste se ve arrastrado por la caída de los otros sectores…”

Figueras hizo el más triste de sus papeles públicos. Un grupo de partidarios radicales contestaba el abucheo al grito de “Alfonsín, Alfonsín” mientras la casa del campo lo abucheaba. Muy pocos escucharon la lectura de Figueras, por momentos, llena de “peros”. El predio ferial fue una cancha de fútbol.

Alfonsín felicitó a Figueras estrechando su mano con una amplia sonrisa aún ante el abucheo perpetuo. El locutor puso énfasis y elevó el volumen para anunciar la palabra presidencial.

Y estalló Palermo: aplausos, gritos, silbidos, vivas, abucheos… el jugador sale a la cancha: Alfonsín se paró frente al micrófono y mantuvo la mirada desafiante durante treinta segundos (exactos). Al comprobar que el griterío no cesaba largó su discurso.

Experimentado orador, siguó tomándose tiempo mientras hacía su dedicatoria, “Señor presidente de la Sociedad Rural Argentina, señores miembros de su Mesa Directiva, Señor presidente de la Cámara de Diputados de la Nación…”, oteando el panorama y alargando pausas para invitar al cese del abucheo. El griterío no sólo no cesó sino que, persistente, ya amenazaba con devorarse su misma presencia. El abucheo era estruendoso, la silbatina aguda.

“Señor presidente de la Sociedad Rural Argentina. Señores miembros de su Mesa Directiva.
Señor presidente de la Cámara de Diputados de la Nación.
Señor presidente de la Corte Suprema de la Justicia.
Señores Embajadores.
Señores representantes de gobiernos amigos.
Señoras y señores.
Yo quiero comenzar por poner de relieve esto que está sucediendo esta tarde en la Sociedad Rural Argentina. Estas manifestaciones no se producen en tiempos de dictadura, aunque parece que algunos comportamientos no se consustancian con la democracia, porque es una actitud fascista no escuchar al orador.
No creo realmente que sean productores agropecuarios los que tienen este comportamiento, son los que muertos de miedo se han quedado en silencio cuando han venido acá a hablar en representación de la dictadura.
Y son también los que se han equivocado y han aplaudido a quienes han venido a destruir la producción agraria argentina, no son los productores agropecuarios.
Si alguien tiene interés de sacar ventaja electoral de un acto fundamental de la economía argentina, como es esta Exposición Rural, se equivoca…”

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Alfonsín denunció a los abucheadores como miedosos por no haber enfrentado a los presidentes de facto (que también inauguraban Exposiciones rurales). Pueden verse las imágenes de como ocho años antes, en 1980, aplaudían ahí mismo el paso del auto presidencial llevando a Jorge Rafael Videla sonriente y brazo en alto (6).

Entonces, en septiembre de 1980, la cúpula de la SRA había concertaba una audiencia con el entonces ministro del Interior, general Albano Harguindeguy, para solicitarle “que no se apresure una salida política”. Como lo muestra aquella tapa del diario Clarín, uno de los participantes de aquel cónclave fue el mismo Guillermo Alchouron acompañando al entonces presidente de la SRA, Juan Pirán.

Alfonsín ponía en juego públicamente la palabra con la que después se lo inmortalizó: un jaque a “la democracia”.

“…Recuerdo de qué manera, a través de las lecturas -claro- Tomás Mann criticaba a la recuperada democracia alemana en los años veinte y en los años treinta, y recuerdo de qué forma de esta manera, sin quererlo, este gran demócrata le abrió en definitiva las puertas a Hitler. Recuerdo también de qué manera sucedía lo mismo en Italia y sé perfectamente que aquí estoy entre hombres de la democracia. Les pido que tengan cuidado en sus mensajes…”

La presidencia de Alfonsín empezó en un clima de “primavera democrática”, propiciada por una llamativa participación popular y el “juicio y castigo a los genocidas”. El entusiasmo inicial se fue diluyendo en la erosión económica. La creciente subordinación al poder económico se acompañó de un grave recorte de las políticas iniciales de DDHH, mediante la sanción de las leyes de Obediencia Debida (1986) y Punto Final (1987) y la Sociedad Rural, como poco después mostrara el Grupo Clarín, dejó claro que sus negocios no debían ser interferidos por diatribas democráticas.

No sería la primera vez. La corporación ganadera argentina siempre se replegó sobre sí misma para reaccionar a las amenaza de sus intereses. La memoria de los abucheos en “la Rural” llega al 31 de agosto de 1930, plena Depresión. En aquella Exposición, el Ministro de Agricultura del presidente Hipólito Yrigoyen, Juan B. Fleitas, fue abucheado, insultado e invitado a irse del Predio Ferial de Palermo. El diario La Nación publicó que “este acto se interpreta como un preanuncio de la revolución (sic) contra Yrigoyen”, que sucedió apenas 6 días después.

Este es el tiempo de la racionalidad, es el tiempo de la seriedad, es el tiempo de la moderación, es el tiempo de la mesura, para que no vuelva la magia, para que no vuelva el fascismo, para que no vuelva el encierro, para que no vuelva la demagogia”, terminará diciendo el presidente (7).

El gobierno radical de Alfonsín asumió en 1983 ganando la elección con el 51,75% de los votos (7.724.559), contra el 40,16% del justicialista Ítalo Luder (5.995.402), el mayor caudal de votos logrado hasta entonces después de las dos victorias democráticas de Juan Domingo Perón (8), un importante apoyo democrático que no garantizaba la aquiescencia militar, aún después de la temeraria aventura en las Islas Malvinas.

“…Yo le agradezco al señor presidente de la Sociedad Rural Argentina, sus palabras críticas, sus vehemencias. Así es la democracia; continuamos en el diálogo de siempre y lo hacemos en esta discusión, que es la que no quieren escuchar los fanáticos en el país, la que no quieren escuchar los que se creen dueños de la verdad, la que no quieren escuchar quienes atentan en definitiva contra la convivencia de los argentinos.

No coincido señor presidente, pero le pido que continuemos esta discusión. Creo que estamos trabajando para la nación, en circunstancias muy difíciles. Creo que vivimos una crisis aguda, de la que es necesario salir. Creo que América Latina nos da, a través de las más diversas manifestaciones en los distintos países, la característica de algo que padecemos, que es la caída de los precios por una parte y la deuda externa por la otra. Por doquier y en todos lados, disminución de la calidad de vida, aumento de marginalidad, disminución de los índices sociales que ponen de relieve un estado de desesperación, que realmente sufren los pueblos del continente.

Aquí de una u otro forma, frente al egoísmo de los que no entienden, estamos realizando un esfuerzo que nos muestra con orgullo, como, quizás el único país, que, en estas circunstancias a pesar de la crisis, a pesar de todos los problemas, ha logrado revertir los índices sociales; hay menos desnutrición infantil, hay menos deserción escolar, hay menos mortalidad infantil y en esto, está desde luego la acción de todos, está la acción del sector agropecuario, está la actividad de los trabajadores argentinos, está la acción que desarrolla el sector industrial y el gobierno también que pretende acompañar este esfuerzo de la sociedad toda.

Estamos realizando este esfuerzo entonces, y había que terminar con un flagelo que nos condena a todos por igual y es el de la inflación. Y no hemos hecho nada nuevo en el tema cambiario señor presidente, a lo sumo hemos quebrado una expectativa, pero no hemos disminuido la situación. No coincido, con lo que usted dice acerca de que se han cambiado las reglas de juego. Por el contrario, por primera vez, en el país, le hemos dicho a la nación toda y en particular a la producción agropecuaria, que a fines del año que viene tendrá, como conquista fundamental – usted mismo me lo ha planteado muchas veces – el dólar libre. No era una situación que se daba, no era una situación que usted mismo esperaba, tengo entendido, y sin embargo le hemos dicho al país, vamos al cambio libre, y el sector agropecuario gozará de ese cambio libre.

Esfuerzo hacemos todos. Tenemos que exportar y vamos a exportar cada vez más. Usted habló de discriminación. El sector agropecuario importa alrededor de unos doscientos cincuenta millones de dólares. Va a sufrir un aumento en sus insumos; pero el sector industrial también importa y por el orden de los cinco mil millones de dólares. De modo que también va a sentir y va a sufrir un esfuerzo en el mayor valor de sus insumos. Ha subido el gas oil, es cierto, pero ha subido para todos: ha subido para el sector agropecuario, pero ha subido para el transporte de pasajeros, y lo sufre también el trabajador de la ciudad. Es el esfuerzo de una nación, porque queremos ser serios, señor presidente; queremos ser serios para construir el país que sabemos que nos merecemos, que no es el país de la vocinglería ni del agravio ni de la falta de respeto a las instituciones de la República, es el país de los productores de todo tipo en el país.
Es la solución lo que queremos. Queremos encontrarnos entre todos para terminar con estos espectáculos que me avergüenzan, no como radical o como Raúl Alfonsín, sino como Presidente de la Nación Argentina.

Sé, señor presidente, que muchas veces nos equivocamos. !Cómo no lo voy a saber!. Muchos años de dictadura en el país impidieron que quizá tomáramos la lección de lo que es gobernar en la Argentina. Les pido disculpas a todos por mis equivocaciones; pero tengan la seguridad que hay una pasión argentina que me mueve y que nada me va a convencer de que no es necesario seguir adelante, no me importan los votos, me importa el futuro de nuestros hijos, señor presidente.
Estamos para esto y de todos nosotros depende. Hubo tiempos difíciles en otras naciones del mundo.

Recuerdo de qué manera, a través de las lecturas -claro- Tomás Mann criticaba a la recuperada democracia alemana en los años veinte y en los años treinta, y recuerdo de qué forma de esta manera, sin quererlo, este gran demócrata le abrió en definitiva las puertas a Hitler. Recuerdo también de qué manera sucedía lo mismo en Italia y sé perfectamente que aquí estoy entre hombres de la democracia.

Les pido que tengan cuidado en sus mensajes. Podría sumar, señor presidente, críticas a las que usted me formula. Sé y comienzo por decirles a todos, como hombre humilde de esta Argentina que me ha elegido presidente, que he cometido errores, pero estoy persuadido que solamente con el esfuerzo equitativo y del conjunto, es como se han de lograr las soluciones.

Sigamos el diálogo, sigamos encontrándonos. Los invito a seguir discutiendo. No vamos a cambiar nuestras posiciones, pero estoy seguro que pueden ser perfeccionadas, que pueden ser enriquecidas. Pongámonos a discutir entre todos la manera en que podemos construir mejor la Argentina. Hablemos de la ley agraria, sumemos racionalidad a nuestra acción. Porque éste es el tiempo del análisis sereno, éste es el tiempo del reclamo serio, este es el tiempo de la búsqueda entre todos para que de una vez por todas se acaben los que con fanatismo pretenden llevarse adelante la nación.

Este es el tiempo de la racionalidad, es el tiempo de la seriedad, es el tiempo de la moderación, es el tiempo de la mesura, para que no vuelva la magia, para que no vuelva el fascismo, para que no vuelva el encierro, para que no vuelva la demagogia.

Esa es mi apuesta y estoy seguro que será la apuesta de la gran mayoría de los argentinos.”

Alfonsín finalizó su discurso sin mellar en lo más mínimo la intensidad de la protesta. Fueron diez minutos en los que logró cerrar sus ideas y hasta conjugarse de algún modo con el público beligerante. Después, cómo si no hubiese sido suficiente, Alchourón no se resistió a la más grosera de las tentaciones: de modo intempestivo y rompiendo todo protocolo, volvió a tomar el micrófono para retrucar al presidente y quedarse con la última (y aplaudida) palabra:

“Estoy orgulloso como argentino de haber podido discutir en esta tribuna centenaria qué piensa cada argentino: el que representa a la producción y el presidente de la Nación. Esto, señores, es democracia”.

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La inusitada beligerancia de Alchourón era la desaprobcación de la SRA al Plan Primavera que incluía un dólar fijo para las agroexportaciones (9) y, siguiendo su tradición y alarde de poder, debía sonar terminante para no aceptar ser “el sector agropecuario”. La memoria del poder destituyente era crudamente expuesta bajo la lluvia sobre el barro del coso y las armas de los militares aún estaban tibias (10).

Nada nuevo en Argentina (11). Otro capítulo en la histórica puja que dirimen desde 1880 el sector industrial y el sector agroexportador, la economía local y la economía extranjera, la política nacional y popular y la política neoliberal: “El sector agropecuario… va a sufrir un aumento en sus insumos; pero el sector industrial también importa y va a sentir y va a sufrir un esfuerzo en el mayor valor de sus insumos”, explicaba el presidente.

Si un gesto pudo reconocerse en Alfonsín, casi desde entonces, es el de la aflicción. Frustrado por el árido final de su presidencia, de un otoño demasiado largo y jaqueado por una oposición (a sus ojos) brutal, desmesurada y desconsiderada con el incipiente protocolo democrático, optó por entregar el mando seis meses antes de los previsto.

Aquél día en la Exposición Rural de Palermo, el día “de la vocinglería, del agravio y de la falta de respeto a las instituciones de la República”, fue el principio de su fin.


(1) Era el 13 de agosto de 1988, el tercero de los planes económicos lanzados por el gobierno radical, llamado Plan Primavera, nacía rechazado por la Sociedad Rural Argentina y fue el último intento de recuperar la economía antes de su debacle en 1989.
(2) Ernesto Figueras desempeñaba el cargo de Secretario de Agricultura y Ganadería en el gobierno de Raúl Alfonsín.
(3) La acepción de “campo” en este caso refiere exclusivamente a las entidades gremiales agropecuarias.
(4) El cabañero Oscar Blanchard, criador de la raza Polled Hereford, pidió explicaciones sobre cómo habían ingresado militantes de distintas organizaciones políticas a los exclusivos palcos de Palermo. Fuentes de la Secretaría de Agricultura se encargaron de difundir datos suministrados por la SIDE: 600 militantes de la Coordinadora radical, 500 del PI (Partido Intransigente), 200 del MAS y 1000 de la UCeDé. La SIDE también admitió que la solícita Sociedad Rural entregó invitaciones al Comité Capital de la UCR. ‘Un cúmulo de despropósitos’, según Eduardo Crotto, comisario de la exposición y hermano de Enrique, número tres de la entidad. La Rural insistió en que las invitaciones no salieron de su sede de Florida y Corrientes. A su vez, Benito Legerén, criador de ganado en Entre Ríos y Corrientes, sucesor y amigo de Raúl Romero Feris, entonces ministro de Economía de Corrientes, había comentado: ‘Alfonsín recibirá una estruendosa silbatina en Palermo’. Una semana antes de la inauguración oficial, el diario La Nación publicó las declaraciones de Legerén y las repitió día tras día hasta el sábado negro, 13.08.1988.
(5) El Plan Primavera de la gestión alfonsinista, creado para la recuperación económica, el crecimiento sostenido, parar el ascenso inflacionario a través del control de precios, las tarifas públicas y el congelamiento de salarios estatales, hacía retorcer a los dueños del campo argentino representados en la Sociedad Rural y otras entidades similares porque imponía un desdoblamiento del dólar dejando fijo el que correspondía a las agroexportaciones.
Para el año 1987, la economía se encontraba nuevamente en crisis que le costó al partido radical la derrota en las elecciones legislativas y de esta manera perdería la mayoría en cámara de Diputados. En consecuencia, el 3 de agosto de 1988 Sourrouille, anuncia el paquete de medidas en un contexto de alta inflación que entre enero y julio del ’88 había crecido a una tasa del 178% y los organismos internacionales presionaban por ajustes. El gran déficit de las empresas públicas era inmanejable, al igual que la financiación vía Banco Central, que dio lugar al festival de bonos como activos financieros. La aceleración de la espiral precios-salarios, la suba de las tasas de interés y la creciente dolarización de los ahorros internos, impulsó al gobierno a anunciar el Plan Primavera, un acuerdo con la Unión Industrial Argentina y la Cámara Argentina de Comercio para controlar precios y un nuevo régimen cambiario que fracasa por el incumplimiento de las partes. No obstante, el golpe llegaría desde los sectores financieros que comienzan a desestabilizar el mercado para obligar al gobierno a obedecer las pautas del Fondo Monetario Internacional. Corridas bancarias y campañas de rumores inician una crisis que pronto llevará a la moratoria de pagos de la deuda externa y a la hiperinflación. El 6 febrero de 1989 se anuncia la devaluación del peso y se desata la hiperinflación. En mayo, graves saqueos a negocios en el conurbano y en Rosario precipitan la crisis. El 12 junio, ante el agravamiento de la crisis económica y social, Alfonsín anuncia que renunciará a la presidencia el 30 de junio de 1989.
(6) La Sociedad Rural Argentina fue fundada el 10 de julio de 1866 en la casa de la familia Martínez de Hoz, apellido del entonces Ministro de Economía del presidente de facto Jorge Rafael Videla.
(7) El Gobierno Nacional anunciaba la eliminación de retenciones a 500 productos agropecuarios en un intento de evitar las jornadas de protesta que proponía la CARBAP integrante de CRA que calificaba las medidas económicas oficiales como “un socialismo trasnochado” y enfatizando que la opción en juego es “disolución a corto plazo o restauración nacional” ya que la Patria “esta en peligro”.
(8) Los números que logró Alfonsín lo ubican en el cuarto lugar histórico respecto al grado de adhesión en las urnas. Quedó detrás de Juan Domingo Perón, que cosechó el 63,40% de los votos en la elección de 1951; y el 61,85% en los segundos comicios de aquel 1973; y contra el 54,12% obtenido por Cristina Kirchner en la elección de 2011.
(9) A mediados de 1988, el gobierno realizó su último intento de control de la economía. Si bien la situación interna continuaba deteriorándose, la externa mejoraba. Las sequías en el Hemisferio Norte dispararon los precios agrícolas. Aunque el Plan Primavera respetó la promesa presidencial de no subir retenciones, intentó captar parte de los mayores ingresos agropecuarios mediante el desdoblamiento cambiario. Se estableció un tipo de cambio fijo con el que liquidar las exportaciones agropecuarias y otro “financiero” de flotación regulada. Para el sector agropecuario, la fijación del tipo de cambio exportador significaba, en rigor, lo mismo que más retenciones.
Si bien en un clima de “primavera democrática”, Alfonsín asumió abrumado por las obligaciones de la deuda pública, a las que pronto se sumaría la Caja de Pandora de las cuentas de la dictadura cívico – militar (que multiplicó por ocho la deuda externa convalidada por María Estela Martínez de Perón en 1976).
Luego de un programa inicial de corte keynesiano, la administración radical fue a negociar con los acreedores y los organismos financieros internacionales. Se iniciaron los sucesivos planes de estabilización y ajuste mientras se deterioraban los “términos del intercambio”.
Declarada la “economía de guerra” en junio de 1985, llegó el Plan Austral. La gran esperanza radical en materia agropecuaria era el aumento de la producción para generar divisas. La devaluación del 15% con que se lanzó el Austral fue acompañada con suba de retenciones. Pero los resultados no fueron los esperados. Durante los años 1986 y 1987 las ventas subsidiadas de cereales estadounidenses a la URSS deprimieron los precios internacionales hasta un 25%, mientras en el plano local las inundaciones contraían la producción. La escasez de divisas resultante se tradujo en el agotamiento de las reservas del Banco Central a principios de 1988. Allí se lanzó el Plan Primavera.
(10)“-¿Qué anda pasando? – preguntó Alfonsín nervioso y agotado.
– Ginzo le va a explicar, Presidente – respondió Fredi Storani, protagonista de la resistencia a la dictadura, mandándome al frente. El ámbito del Salón de la Quinta Presidencial transpiraba el clima caliente que existía en todo el país. La democracia flamante estaba siendo chantajeada por el poder militar.
– Mire, Presidente – me animé a decir -, todos los que estamos aquí hemos votado, aunque con gusto a rabia, la Ley de Punto Final; no nos obligue a votar la de Obediencia Debida. Y no solamente porque nos enfrenta con nuestra prédica, con nuestra militancia por los derechos humanos, sino porque no va a servir para nada. Estamos convencidos de que después va a venir otro apriete y, si cedemos, ellos seguirán presionando hasta lograr el indulto. Vamos a dar un pésimo mensaje, Presidente, que no va a ser entendido por la gente.
Alfonsín nos observó detenidamente a uno por uno. Federico Storani, Adolfo Stubrin, Horacio Huarte, Ricardo Terrile, Hugo Piucill y alguien de quien me estoy olvidando. Habíamos expresado en la reunión de bloque nuestra oposición al proyecto que el Ejecutivo nos había enviado, pero la postura de la gran mayoría era favorable. Fue entonces que se nos ocurrió ir a ver al Presidente para fundamentar nuestra postura. Allí comprendimos el porqué de aquella ley.
– Allí donde estás vos sentado – dijo Alfonsín, dirigiéndose a mí – , estaba sentado hace una hora el General Ríos Ereñú. Donde estás vos, Fredi, estaba el contraalmirante Arosa. Y donde estás vos, Huarte, estaba el brigadier Crespo. Los tres jefes de las Fuerzas. Me juraron que con esto se termina todo; que necesitan tranquilizar a la oficialidad joven y que es lo último que pedirán – afirmó.
Nos miramos entre nosotros como si recién hubiéramos comprendido el estado de gravedad de la democracia nueva. Nos fuimos rápidamente de la Quinta. Dejábamos atrás a un hombre en la angustiante soledad del poder y visiblemente jaqueado… EL camino de regreso de Olivos lo hicimos en profundo silencio. Y votamos la Obediencia Debida”.
Julio José Ginzo, 22 pequeñas historias con Raúl, Editorial Dunken, 2015. Página 23.
(11) La Sociedad Rural Argentina se retrajo en rechazo al gobierno en otras oportunidades.
Oposición al Estatuto del Peón de Rural
El 8 de octubre de 1944 el gobierno de facto de Farell autodenominado Revolución de 1943, por iniciativa de los sindicatos y el Secretario de Trabajo Juan Domingo Perón, sancionó el Estatuto del Peón Rural (Decreto Ley 28.169/44), estableciendo por primera vez derechos laborales para los trabajadores rurales. La Sociedad Rural Argentina se opuso fuertemente, sosteniendo que el Estatuto del Peón Rural sembrada “el germen del desorden social” y que las relaciones laborales en “el campo” no debían regirse por el derecho laboral, sino por normas similares a las que tiene “un padre con sus hijos”: El Estatuto del Peón no hará más que sembrar el germen del desorden social, al inculcar en la gente de limitada cultura aspiraciones irrealizables, y las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón, en comodidades y remuneraciones… La vida rural ha sido y debe ser como la de un manantial tranquilo y sereno, equilibrado y de prosperidad inagotable. La Sociedad Rural no puede silenciar su protesta ante las expresiones publicadas en que se ha comentado el Estatuto del Peón y en las que aparecen los estancieros como seres egoístas y brutales que satisfacen su inhumano sensualismo a costa de la miseria y del abandono en que tienen a quienes colaboran con su trabajo. El trabajo de campo, por su propia índole, fue y es acción personal del patrón. Este actúa con frecuencia con los peones en la labor común, lo que acerca a las personas y establece una camaradería de trato, que algunos pueden confundir con el que da el amo al esclavo, cuando en realidad se parece más bien al de un padre con sus hijos. Sociedad Rural Argentina
El Estatuto del Peón Rural permaneció vigente durante cuatro décadas hasta que fue derogado en 1980 por la dictadura autodenominada Proceso de Reorganización Nacional mediante el artículo 4º de la ley 22.248, la que también excluyó a los trabajadores agrarios de la Ley de Contrato de Trabajo y aprobó un nuevo Régimen Nacional del Trabajo Agrario. La ley 22.248 fue sancionada bajo la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz como Ministro de Economía y Jorge Zorreguieta como Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina, ambos miembros de la Sociedad Rural Argentina.
El lockout de 1945 contra el aguinaldo
En diciembre de 1945 la Sociedad Rural Argentina, junto a otras organizaciones patronales argentinas, declaró el primer lockout general, para oponerse a la sanción del aguinaldo o sueldo anual complementario). El lockout tuvo un fuerte significado político, pues se produjo durante la campaña para las elecciones presidenciales del 24 de febrero 1946, en la que la SRA apoyaba a la Unión Democrática, que se oponía a la medida, mientras que el candidato Juan Domingo Perón, la apoyaba. El lockout produjo como respuesta una huelga general convocada por la Confederación General del Trabajo. Finalmente las patronales y los sindicatos llegaron al acuerdo de pagar el aguinaldo en dos cuotas.
Los paros patronales de 1975 y 1976
En octubre de 1975, la Sociedad Rural Argentina y otras organizaciones patronales rurales, decretaron un “durísimo paro agrario nacional” contra el gobierno de la presidenta María Estela Martínez de Perón, que duró once días. El paro produjo una reducción considerable del área sembrada, produciendo desabastecimiento de varios productos rurales. Dos meses antes, la Sociedad Rural Argentina había sido una de las organizaciones fundadoras de la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias, que en febrero de 1976 declaró un lockout general, que ha sido generalizadamente considerado como uno de los antecedentes directos del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
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