Primeras bombas en Plaza de Mayo: 1953.

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En las notas para una historia de la violencia política argentina aparece, de modo insoslayable, la Plaza de Mayo. Desde 1810, y antes aún, el unánime y simbólico sitio político de lo que hoy es Argentina fue testigo de pujas y reuniones históricas. Y, desde luego, fue escenario de muerte.
El 15 de abril de 1953 estalló por primera vez en la historia argentina una bomba en la Plaza de Mayo de Buenos Aires. El presidente Juan Domingo Perón hablaba desde el balcón de la Casa Rosada a una plaza colmada de gente. El saldo del atentado fue de seis muertos y un centenar de heridos.

No era un buen momento para el gobierno del General Perón. Después de siete años de gobierno la crisis económica no sólo se quedaba sino que se acentuaba.

“La principal preocupación del gobierno de Perón era entonces cómo superar las dificultades económicas que se manifestaban desde 1949. Se hacía necesario un nuevo plan que Perón anunció en febrero de 1952, a cuyo frente designó al doctor Alfredo Gómez Morales y a quien escribe (Dr. Antonio Cafiero) en la cartera de Comercio Exterior.

El plan, en orden al combate de la inflación, se basaba en un acuerdo social entre trabajadores y empresarios que disponía el congelamiento de precios y salarios. Se logró así reducir rápida y drásticamente los niveles de inflación. Pero comenzó a haber desabastecimiento (en especial de carne, principal consumo popular), violaciones en el nivel de precios acordado por parte de los empresarios y algún deslizamiento salarial por obra de la presión sindical. A ello se sumaron, a principios de 1953, las acusaciones de corrupción, que introdujeron un factor de confusión, antagonismos y acusaciones cruzadas aun dentro de las propias esferas oficiales.” (1)

En efecto, a meses de la muerte de Eva Perón la constante suba de precios y el desabastecimiento local se acentuaban. Algunas medidas restrictivas al consumo acrecentaron el descontento: se racionó la nafta (30 litros semanales por auto), comer pan negro se hizo cotidiano y se modificó el horario de atención de los comercios, con el fin de asignar la escasa energía eléctrica disponible. Pero donde más se sintió la carestía fue en el rubro de la carne; los ganaderos destinaban una porción cada vez mayor para la exportación y el gobierno estableció una veda al consumo de carne debido al desmesurado aumento de precios.

De ese asunto, susceptible de investigación gubernamental, desencadenó la súbita muerte de Juan Duarte, hermano de Eva, que después de renunciar a su cargo de Secretario Privado de Perón y de encontrarse complicado en manejos especulativos en torno al precio de la carne, se suicidó.

Perón hablaba de traidores en su entorno y lanzaba una campaña “contra el agio y la especulación” mientras grupos opositores se levantaban a resistir la persistente propaganda peronista. Para contrarrestar esa ofensiva opositora fundada en el caldo de carestía y corrupción (Duarte) el aparato sindical de la CGT convocó una movilización para el 15 de abril que, contra los vaticinios que esperaban una plaza vacía, fue a plaza llena (2).

EL DISCURSO

“Era una tarde cálida. La multitud se manifestaba de modo pacífico, con sus cánticos de siempre”, recuerda Antonio Cafiero. Hacía 14 minutos que el General Perón desarrollaba su discurso sobre el problema de la especulación, la explotación del agio por los malos comerciantes y del control de precios que se había establecido.

“…He repetido hasta el cansancio que en esta etapa de la economía argentina es indispensable que establezcamos un control de los precios. No sólo por el Gobierno y los inspectores, si no por cada uno de los que compran, que es el mejor inspector que defiende su bolsillo. Y para los comerciantes que quieren los precios libres, he explicado hasta el cansancio que tal libertad de precios por el momento no puede establecerse. Bastaría un rápido análisis…”

En ese momento se escuchó la primera explosión. Estaba claro que no era un petardo, sino una bomba de alto poder. Perón intentó continuar:

“Compañeros, éstos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba”.

Otro explosivo, más potente aún, estalló en ese momento. Comenzaba a salir humo de la estación de subterráneos de la línea A. El General Perón, continuó severo:

“Ustedes ven que cuando yo, desde aquí, anuncié que se trataba de un plan preparado, no me faltaban razones para anunciarlo. Compañeros: podrán tirar muchas bombas y hacer circular muchos rumores pero lo que nos interesa a nosotros es que no se salgan con la suya, y de esto, compañeros, yo les aseguro que no se saldrán con la suya”.

La multitud lo interrumpió y se oyeron repetidas claramente dos palabras: “¡Perón! ¡Perón!” y “¡Leña! ¡Leña!”. El líder no dejó pasar la oportunidad y sin medir demasiado sus palabras dijo:

“Eso de leña que ustedes me reclaman, ¿por qué no empiezan ustedes a darla? Compañeros: estamos en un momento en que todos debemos de preocuparnos seriamente, porque la canalla no descansa porque están apoyados desde el exterior. […]” 

“Era una tarde cálida. La multitud se manifestaba de modo pacífico, con sus cánticos de siempre. Perón se aprestaba a explicar por qué no era posible decretar la libertad de los precios, cuando se vio interrumpido por dos explosiones estremecedoras y el aleteo desordenado de las palomas que escapaban del horror. La gente no se movió de su sitio. Un griterío ensordecedor inundó la plaza: “¡La vida por Perón, la vida por Perón!” Se sucedieron las imprecaciones y los gritos, el aire se cargó con la densidad de la tragedia”, recuerda Antonio Cafiero, “las bombas colocadas en la Plaza de Mayo produjeron siete muertos y cerca de un centenar de heridos. Los terroristas también habían colocado bombas sobre la azotea del edificio del Banco de la Nación, con la intención de que la mampostería se desplomara sobre la multitud apiñada en sus cercanías. Afortunadamente, estas bombas no estallaron. De lo contrario, el número de víctimas hubiera sido infernal”.

En la Plaza quedó el saldo humano de las explosiones: seis muertos y más de cien heridos de consideración. Santa Festigiata D’ Amico, Mario Pérez, León David Roumeaux, Osvaldo Mouché, Salvador Manes y José Ignacio Couta perdieron la vida.
En un primer momento se identificaron 93 heridos entre los dos atentados, aunque posteriormente se barajaron cifras superiores al centenar y se contaron 19 mutilados. Muchos de ellos, como así también alguno de los muertos, eran empleados del subte, por aquellos años administrado por la empresa estatal Transportes de Buenos Aires.

LAS BOMBAS

La primera bomba estalló dentro del hotel Mayo, en Hipólito Yrigoyen 420, y la segunda en la estación del subte A, dentro de la Plaza. Según testimonios hubo otras dos bombas que no estallaron: una sobre la azotea del Banco Nación y otra en el octavo piso del Nuevo Banco italiano.

El grupo terrorista estuvo conformado por Roque Carranza, Carlos Alberto González Dogliotti, Arturo Mathov, los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse y Eduardo Thölke (3).

Según versiones publicadas en diferentes diarios de la época, Mathov, Carranza y Dogliotti ultimaron los detalles de la operación, explosivos incluidos, un día antes del acto en un comercio cercano a Plaza Miserere (4).

Años más tarde Roque Carranza admitió haber conocido el lugar donde se armaban los explosivos. Este y otros datos inducen a que Carranza, alias el ingeniero, administraba los explosivos provistos por Tholke. Así se publicó que “El Ingeniero armó tres bombas de diferente poder destructivo. La más pequeña tenía 30 cartuchos de gelinita y fue destinada al Hotel Mayo, ubicado en la esquina de Defensa e Hipólito Yrigoyen y que se encontraba en refacciones. Otra algo más potente, armada con 50 cartuchos de gelinita, fue colocada en el octavo piso del Nuevo banco Italiano. Ésta finalmente no estalló, por defectos en el mecanismo de relojería. Y la última y más poderosa, que contaba con 100 cartuchos, fue la que el Ingeniero y El Ayudante colocaron en la estación Plaza de Mayo de la línea “A” de subterráneos.”

También años más tarde Dogliotti, alias el ayudante, admitió haber colocado las bombas pero afirmando que sólo fueron bombas de estruendo y que los muertos y mutilados fueron consecuencia de la estampida de la multitud a causa del terror provocado por la explosión.

La primera bomba explotó debajo de una heladera en la confitería del Hotel Mayo, que estaba cerrado por refacciones. Aunque fue la de menor poder causó graves daños en el hotel y destrozos en las construcciones vecinas. Una de las cortinas metálicas fue arrancada de cuajo y muchas ventanas y vidrieras quedaron destruidas, sobre todo del lado de la calle Defensa. La calzada quedó cubierta de cristales rotos y se registraron algunos heridos.

La segunda bomba fue ubicada en una casilla, bajo un tablero eléctrico, en el andén de la estación Plaza de Mayo de la línea A de subterráneos. Los destrozos fueron cuantiosos y afectó a una formación estacionada e instalaciones fijas.

A partir de investigaciones del personal de la comisaría 17° de la Policía Federal, Carranza y Dogliotti fueron apresados un mes después (11.05.1953) como autores materiales del hecho. Carranza reconoció su participación en muchos atentados, entre ellos los del 15 de abril, y quedó detenido en la desaparecida Penitenciaría Nacional, hoy Plaza Las Heras. El historiador Félix Luna identifica al Carranza de aquellos años en un grupo de jóvenes de familias tradicionales de buena posición económica, activistas habituales de la FUBA, que se habían adiestrado en el manejo de armas y explosivos, y ya habían intentado matar a Perón en uno de sus viajes.

En junio de 1955, en el marco de una amplia amnistía política, Roque Carranza recuperó su libertad y volvió a dedicarse a la política. Durante la presidencia de Arturo Illia (1963-1966) ocupó la secretaría General del Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) y bajo la presidencia de Raúl Alfonsín (1983-1989) ocupó la cartera del Ministerio de Obras Públicas que abandonó el 25 de Mayo de 1985 para pasar a ser el titular del Ministerio de Defensa debido al fallecimiento de Raúl Borrás, su antecesor en el cargo.

Tiempo después, el 8 de febrero de 1986, falleció en circunstancias nunca aclaradas mientras nadaba en la pileta de su residencia oficial, en Campo de Mayo, luego de almorzar con un grupo de amigos y correligionarios de su partido.

subte carranza

A poco, inaugurada el 29 de diciembre de 1987, la estación de la línea D de subterráneos de Buenos Aires, General Savio, fue rebautizada y desde entonces, en honor al autor del mayor atentado en la historia del subterráneo porteño, se llama Ministro Carranza.


(1) “La tarde del 15 de abril de 1953”, Antonio Cafiero, diario La Nación, 3 de junio de 2003.
(2) A las 4 de la tarde comenzó un paro general en la ciudad de Buenos Aires (en el Gran Buenos Aires, por razones de distancia, comenzó una hora antes), programado por la C.G.T. para facilitar la concurrencia de los trabajadores a la plaza. Poco después comenzaron a llegar las primeras columnas. A la hora del comienzo del acto, según las crónicas, la plaza reventaba.
(3) Los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse eran miembros de una familia vinculada a la oligarquía ganadera, a la que también pertenecía Alejandro Agustín, entonces preso en el Sur por participar del intento golpista de Menéndez.
(4) El local, de la firma Redondo Hnos. ubicado en la avenida Jujuy 47/51, entre Av. Rivadavia e Hipólito Yrigoyen, era el centro de actividades del Jefe. Allí solían fabricarse bombas, redactarse panfletos antiperonistas y organizarse reuniones políticas clandestinas.
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