La tumultuosa creación del Instituto Dorrego.

dorrego

Hace cinco años, el 21 de noviembre de 2011, se fundaba el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego” con el objetivo de “estudiar, investigar y difundir la vida y la obra de personalidades y circunstancias destacadas de nuestra historia que no han recibido el reconocimiento adecuado en un ámbito institucional de carácter académico, acorde con las rigurosas exigencias del saber científico”. Era el único de los institutos nacionales basado en la vertiente historiográfica del revisionismo.

La decisión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner despertó una inmediata reacción de los defensores de la corriente liberal, no sólo en el ámbito historiográfico sino también político.

Pudo leerse en los medios con la firma de Tulio Halperín Donghi, Juan Suriano, Luis Alberto Romero, Natalio Botana, Mirta Zaida Lobato, Hilda Sabato, Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo, Horacio Tarcus entre otros su preocupación porque el Instituto Dorrego “se crea para promover un discurso oficial sobre el pasado”, y un reduccionismo maniqueo “cuyo objetivo central era la construcción de héroes y villanos”; y que “el gobierno nacional revela su voluntad por imponer una forma de hacer historia que responda a una sola perspectiva”.

Beatriz Sarlo advirtió sobre el peligro que cernía: “El Instituto de Doctrina podría convertirse en un rincón arcaico y polvoriento. Pero también podría ser un centro que irradie su “historia” a la escuela. Allí se convertiría en algo más peligroso”.
No se quedaría atrás Luis Alberto Romero, autoproclamado jefe de la protesta, quien insistiría en el propósito político que el Dorrego nunca tuvo: “Hay que revisarlo, y urgentemente. No por razones científicas, pues se puede ignorar esta literatura menor y pasquinesca. Son razones políticas, y serias: el revisionismo, convertido en la verdadera “historia oficial”, alimenta lo peor y más enfermo de la cultura política argentina”.

Entre las barbaridades que se escribieron y se escucharon estuvo lo de que lo que se buscaba era “procerizar” a Néstor Kirchner.

Pero también prontamente surgieron voces de apoyo de personas no pertenecientes al Dorrego. Incluso anónimas “Por lo tanto el contrapunto con el revisionismo histórico es más una disputa por el presente y expresa el pánico de una capa de profesionales que no están dispuestos a perder ciertos lugares de privilegio en la estructura institucional existente. (…) Con lo cual no es un problema de falta de seriedad o de criterios científicos –como sostienen las posiciones hegemónicas antes y ahora–, sino que es un problema de poder y de disputa por la producción de sentido”.

Como era de esperar hubo sectores de la izquierda que, una vez más, coincidieron con la derecha como fue el caso de Martín Caparrós quien descerrajó un violento ataque contra mi persona con la pluma mediocre y petulante que lo caracteriza. Por su parte Eliseo Verón, quien atacó a la presidenta y a mí por producir “un disparate”, cometió la irreverencia de dedicar su artículo… ¡a mi amado hermano Guillermo, fallecido en esos días!

Hernán Brienza editorializó: “Pero no entiendo por qué se molestan tanto por la aparición del Instituto Dorrego. ¿Tan autoritarios son, estimados Romero, Sarlo y compañía que no quieren ni siquiera que 33 personas intenten contar otra versión de la historia diferente a la suya? Ni el Instituto Sanmartiniano, ni el Belgraniano, ni las universidades tienen una marca revisionista; por lo tanto, la presidenta no hizo otra cosa que ampliar la oferta de investigación histórica, democratizarla.

Pregunto de nuevo ¿a qué le tienen tanto miedo, muchachos? Si ya tienen sus kiosquitos asegurados”.

Algunos opinólogos aprovecharon para hacer oposición al gobierno golpeando al Dorrego. Un caso emblemático fue el de Julio Bárbaro quien recorrió radios y televisoras con un fervor antidorreguista que parecía obedecer a una necesidad de demostrar que su conversión al antikirchnerismo era sincera.

Víctor Ramos tituló con ironía “¡Peligro! Hombres revisando la historia” y cientos de personalidades firmaron una solicitada de apoyo encabezada por Estela Carlotto, Antonio Cafiero, Ernesto Laclau y otros.

Hilda Sabato se sumó a los críticos: “El argumento centrado en la vigencia de la ‘historia oficial’ junto al que ignora la diversidad de la producción existente está destinado a crear un enemigo que pueda justificar una operación reñida con el pluralismo propio de una sociedad democrática: la decisión de fundar una institución del Estado destinada a promover y difundir una visión única de la historia argentina”.
Justamente uno de los objetivos del Dorrego fue contradecir la versión única de nuestra historia impuesta desde el combate de Pavón. Vale aclarar que jamás recibimos una instrucción, ni siquiera una insinuación, proveniente de la Casa Rosada ni de ninguno de los funcionarios de la doctora Kirchner.

Fue ejemplar la actitud combativa de la mayoría de los miembros del Instituto, además de los ya nombrados: Luis Launay, Hugo Chumbita, Enrique Manson, Araceli Bellotta, Eduardo Rosa, Ana Jaramillo, Leticia Manauta, Francisco Pestanha, Marcelo Gullo, Eduardo Anguita, Pablo Vázquez, Osvaldo Vergara, Pablo Hernández, Fabián D´Antonio, Daniel Brión, Fernando del Corro.

A la polémica se sumó Beto Quevedo, director de FLACSO: “Se ha formado en la Argentina una nueva plaza de indignados: son académicos provenientes de las universidades y del Conicet que se sublevan contra… ¿los estragos del capital financiero global?, ¿los bombardeos de la OTAN en Trípoli?, ¿las patotas que golpean a los docentes…? ¡Nada de eso! Los indigna la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. (…) Me acerqué sabiendo que el diálogo no sería fácil y les pregunté si conocían el Decreto 1435/92 que firmó Carlos Menem para la creación del Instituto Belgraniano Central de la República Argentina. Me dijeron que no, pero que seguramente era menos totalitario que el de este gobierno. Decidí leerles el artículo 15, que dice literalmente: “Los actos de cualquier naturaleza a ejecutar por el Estado o con participación del mismo relacionados con el General Don Manuel Belgrano requerirán asesoramiento previo al Instituto Nacional Belgraniano. Asimismo cuando se trate de actos a realizarse por particulares, instituciones privadas, autoridades, dependencias provinciales y municipales que requieran apoyo financiero o de otro tipo por parte del Estado, será indispensable el asesoramiento previo mencionado”. Luego les pregunté: en estos años, ¿ustedes consultaron a este instituto cada vez que hablaron de Belgrano y cambiaron su punto de vista sobre este héroe nacional? “¡Por supuesto que no!”, me dijeron a coro, porque ese instituto seguramente es independiente… ¡y no está en manos del pensamiento único! Bueno, les aclaré, en realidad es igualmente autárquico y depende formalmente de la misma secretaría que el Instituto Manuel Dorrego”.

La existencia de nuestra institución estuvo marcada por una intensa actividad académica, organización de congresos nacionales e internacionales, una notable difusión en las provincias, la publicación de artículos y la edición de libros, también programas de televisión, la instalación de los Archivos José María Rosa y Jorge Abelardo Arias, la presencia en las redes sociales, etc. Lamentablemente se desataron conflictos internos que afectaron su buen funcionamiento, en los que me cabe responsabilidad por haber sido su primer presidente, pero que, en mi criterio, respondieron a la difícil, quizás imposible institucionalización de una doctrina tan contracultural, agravado por la hostilidad que no cesó luego de su fundación. Esto es tema para un próximo artículo.

Como corolario de su brillante y borrascosa existencia el Dorrego recobró su plena significación académica e ideológica con la rápida clausura ordenada por el actual gobierno por razones de pluralismo (¿¿??).

Pacho O´Donell, Página 12, 1 de diciembre 2016.
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