Proclama de Juan Manuel de Rosas al asumir su segundo gobierno, el 13 de abril de 1835.

rosas

El Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires a todos sus habitantes.

“Mis amados compatriotas:

Cuando me he resuelto a hacer el terrible sacrificio de subir a la silla del Gobierno, en las circunstancias aciagas en que se halla nuestra infortunada patria; cuando para sacarla del profundo abismo de males, en que la lloramos sumergida, he admitido la investidura de un poder sin límites, que a pesar de toda su odiosidad, lo he considerado absolutamente necesario para tamaña empresa, no creáis que haya librado mis esperanzas a mi limitada capacidad, a mis débiles fuerzas, ni a esa extensión de poder que me da la ley apoyada en vuestro voto, casi unánime de la dudad y campaña. No: mis esperanzas han sido libradas a una especial protección del délo, y después de ésta a vuestras virtudes y patriotismo.

Ninguno de vosotros desconoce el cúmulo de males que agobia a nuestra amada patria, y su verdadero origen. Ninguno ignora que una facción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad, de su avaricia, y de su infidelidad, y poniéndose en guerra abierta con la religión, la honestidad y la buena fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad; ha desvirtuado las leyes, y hécholas insuficientes para nuestro bienestar; ha generalizado los crímenes y garantido su impunidad; ha devorado la hacienda pública, y destruido las fortunas particulares; ha hecho desaparecer la confianza necesaria en las relaciones sociales y obstruido los medios honestos de adquisición; en una palabra, ha disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y la perfidia.

La experiencia de todos los siglos nos enseña que el remedio de estos males no puede sujetarse a las formas, y que su aplicación debe ser tan pronto y expedito y tan acomodado a las circunstancias del momento, cuando que no sólo es imposible prever todos los medios ocultos y nefandos de que se vale el espíritu de conspiración, sino también fijar reglas de criterio legal para unos manejos disfrazados de mil modos y cubiertos siempre con el velo del sigilo.

No queda, pues, otro arbitrio que oponerles la honradez, el patriotismo y la asidua vigilancia de los buenos ciudadanos, apoyadas en la fuerza de un poder extraordinario, cuya acción no sea fácil eludir. Esto es todo lo que exijo de vosotros para restablecer la tranquilidad pública y afianzar el orden bajo el régimen de gobierno federal que han proclamado los pueblos de la república.

Habitantes de la dudad: Nadie como vosotros ha sentido los terribles efectos del desorden. Hace tiempo que vuestra vida, vuestro honor y vuestras propiedades se hallan amenazadas de mil peligros. Por salir de esta angustiosa situación habéis deseado mi ascenso a la silla del Gobierno, y os complacéis de que haya sido con plenitud de facultades. Yo me he decidido a tornar sobre mis débiles hombros un peso enorme de cuidados y tareas, y a empeñar mi honor en una empresa poco menos que imposible, por aliviar las desgracias de mis compatriotas: a vosotros toca en este caso ser los primeros en dar ejemplos de virtud y patriotismo para que no sea inútil este nuevo sacrificio que consagro a toda la república y con especialidad a la provincia en que tengo la gloria de haber nacido.

Habitantes de la campaña, cuyo heroico valor y constancia es un objeto de admiración: vosotros fuisteis los primeros en armaros contra los asesinos del 1° de diciembre y unidos con los federales de la ciudad, vuestros compatriotas, hicisteis triunfar la causa que forma hoy el voto general de toda la república; vosotros habéis sido la más firme columna del orden en medio de todas las turbulencias que ha sufrido el país. ¿Qué servicio, pues os podré exigir que no estéis prontos a hacer por la honra y tranquilidad de una patria que habéis defendido con tanto honor?

Valientes soldados, que formáis el ejército y milicia de la provincia: ¿Con qué expresiones podré describir vuestras virtudes y la importancia de vuestros servicios? Nada menos que los espaciosos desiertos del Sud han sido el crisol de vuestro heroísmo, y de una subordinación y disciplina que os han hecho superiores a todos los obstáculos que os oponían la inmensa extensión del terreno, su soledad, la dureza del clima y el continuo acecho de los enemigos que habéis logrado destruir. A vuestro coraje e incansable sufrimiento debe hoy la seguridad de sus fortunas la mayor parte de los habitantes de la provincia. ¿Qué peligros, pues, será capaz de arredraros, ni qué avances podrán hacer la ambición y la perfidia, oponiéndoles de frente vuestro valor y lealtad?

Habitantes todos de la ciudad y la campaña. La Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación para probar nuestra virtud y constancia: resolvámonos/ pues, a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión nuestra tierra; persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida, y sobre todo, al pérfido y traidor, que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa, que sirva de terror y espanto a los demás que puedan venir en adelante. No os arredre ninguna clase de peligros, ni el temor de errar en los medios que adoptemos para perseguirlos. La causa que vamos a sostener es la causa de la religión, de la justicia, de la humanidad y del orden público: es la causa recomendada por el Todopoderoso; él dirigirá nuestros pasos, y con su especial protección nuestro triunfo será seguro”.

Buenos Aires, 13 de abril de 1835.

Juan Manuel de Rosas.
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