Proclama de Juan Manuel de Rosas al asumir su primer gobierno, el 8 de Diciembre de 1829.

rosas

“Pasó ya el tiempo en que los engaños venían a perder su influencia en los deseos exagerados de una perfección prematura o en que la ilustración hubo de convertirse en derecho para forzar el tiempo y los sucesos. La voluntad de los pueblos explicaba el modo que permite su moral y por los actos clásicos que revelan el sentimiento dominante será respetada como el dogma fundamental de la organización de la República.

No se oculta al que suscribe que ningún estado es menos aparente para conocer las verdaderas opiniones de una nación que en el que las pasiones sublevadas ahogan el sentimiento de los pueblos sustituyendo afecciones envenenadas al voto puro y desinteresado de la salud de la Patria; pero esa situación enojosa en que desgraciadamente se encuentran sumidos algunos de los pueblos, debiera ser el más vigoroso reclamo, de la paz interior: debiera desarmar los brazos ocupados en la destrucción mutua, esperar que un pronunciamiento espontáneo resolviese el gran problema que se controvierte con la espada.

Después del ejemplo práctico que acaba de ofrecer esta provincia envuelta pocos meses ha en una contienda desastrosa, y restituida hoy al orden y a sus derechos por el influjo de acomodamientos pacíficos sería bien difícil subrogar observaciones más elocuentes que el contraste natural entre los estragos de la lucha doméstica y los beneficios de la paz pública. Estos puntos de comparación se renuevan hoy conspicuamente sobre la superficie de la república, y no hay nada que pueda resistir al consenso que ellos suministran sino una razón extraviada por ilusiones engañosas o por la seducción de pasiones desarregladas.

El gobierno de Buenos Aires desde que ahuyentó la fatal discordia que desolaba esta provincia no ha cesado de advertir a las demás que integran el estado la necesidad de entenderse y de volver al sosiego turbado por la funesta revolución del año anterior. Admitida ya con el carácter de mediador por una notable mayoría de la nación ha despachado sus agentes revestidos de poderes amplios y con instrucciones montadas sobre los francos principios que profesa; pero el infinito cuyas aspiraciones nunca serían cumplidas satisfechamente sino viendo a la familia argentina reunida alrededor de una patria que necesita del auxilio de todos, debe interponer ante la consideración de los gobiernos un nuevo y poderoso motivo que demanda imperiosamente cualquier sacrificio.

España empeñada en recolonizar el nuevo mundo ha empezado a desplegar una actividad desconocida pocos años atrás estimulada por las discusiones civiles que infelizmente han agitado a las nuevas repúblicas, ya se ha lanzado sobre la sección más poderosa de la América, y hoy sirve la confederación de México de nuevo teatro a las atrocidades de los soldados peninsulares. La conducta de los gabinetes europeos, espectadores impasibles de esas injustas y sangrientas escenas, y la neutralidad severa de la primera república del continente, avisan demasiado que aun no son suficientes veinte años de triunfos sobre los implacables españoles para contar asegurada nuestra independencia política y que es necesario apelar a nuestro coraje para no volver a la ignominiosa condición de siervos, y ¿qué sino la paz interior y la conformidad de sentimientos puede restituimos en vigor heroico con que los argentinos han humillado siempre a sus enemigos? ¿Alentaremos con nuestros disturbios las pretensiones de un monarca cuya sombra esteriliza su propio país, y cuya política es el azote de la libertad? ¿Debilitaremos la simpatía de las naciones amigas con las cuestiones interminables que destruyen la tierra y empobrecen nuestros mercados?

Si las provincias se compenetran de los peligros exteriores que nos amagan, si los gobiernos modelasen por ellos sus ideas; si se fijan en la fin la convivencia de no anteponer las formas políticas a la necesidad de existir, vencerá naturalmente el sentimiento del orden, y la Conisión mediadora encontrará la docilidad de una razón animada por el espíritu de patriotismo que ha inmortalizado a los argentinos. El infrascrito se anticipa la satisfacción de ver reparados los males pasados bajo la influencia de la paz y que cordes los gobiernos entre sí sobre los medios de reorganizar la nación lo estén también en la utilidad de procurarlos sin violentar la tendencia de la mayoría. el Gobierno de Buenos Aires que estará siempre a la vanguardia para arrastrar los amagos contra la dignidad de la República será también el primer amigo de las provincias para interponerse en sus diferencias y para acordar con todos las bases de un apolítica saludable”.

Juan Manuel de Rosas
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