Balotaje en Argentina.

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El balotaje, institución electoral del derecho constitucional francés (ballottage), nace en el siglo XIX y se practicó por primera vez en 1852 con la instauración del Segundo Imperio de Napoleón III. La versión del siglo XX deviene de la V República, cuando Charles de Gaulle, a través de referéndum, impulsa la nueva constitución francesa de 1958.

El sistema, diseñado en busca de mayorías legítimas (más del 50% del electorado) y a modo de dique contra el comunismo en Europa, fue adoptado por varios países de Latinoamérica (Brasil, Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Uruguay) y aceptado de buen grado en Argentina, donde se configuró un sistema de balotaje en versión local.

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El balotaje argentino, de características singulares, fue el resultado de la inventiva de Raúl Alfonsín en la negociación que derivó en el Pacto de Olivos y la reforma constitucional de 1994 que habilitó la reelección del peronista Carlos Menem y diluyó la fuerza política de la Unión Cívica Radical.

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En aquel entonces, el líder de la UCR aceptó la negociación propuesta por el presidente Menem que apuntaba a su reelección, considerando que, aunque la Constitución Nacional no la permitía, era mejor solución darle un marco institucional al ímpetu peronista. Suponiendo o dando lugar a un escenario electoral polarizado y tradicional, Alfonsín propuso las reformas al sistema de balotaje clásico (50%) atendiendo a la combinación de intereses encontrados y a la situación coyuntural. La negociación fue larga. El peronismo consideraba un balotaje clásico del 50% en primera vuelta pero, finalmente, Alfonsín defendía así la modalidad elegida:

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“La regla para establecer quienes pueden participar en esta segunda elección es clara y bien ponderada. Si alguna fórmula obtuviera más del 45% de los votos válidos afirmativamente emitidos, en virtud de haber alcanzado casi la mayoría absoluta de las preferencias positivas, no necesita para su proclamación una segunda vuelta. Por iguales razones, y para limitar las preferencias negativas y que se impongan desmedidamente sobre las positivas, se fija que si una fórmula alcanza el 40% de las adhesiones políticas en la primera vuelta, y obtiene una diferencia mayor a diez puntos porcentuales, la segunda vuelta tampoco se llevará a cabo”.

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Criticada por todo el arco opositor, Alfonsín defendió su negociación en nombre de la preservación de la institucionalidad y la gobernabilidad democrática. Pero los números, en efecto, le fallaron. En la elección de 1995, Carlos Menem fue reelecto con el 49% de los votos, frente a un 29% logrado por el FREPASO y un pálido e histórico 17% de su UCR, por primera vez en la historia eleccionaria argentina, desplazada al tercer puesto.

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Años más tarde, en 2003, se llegó a instancias de poner en práctica el sistema de balotaje, cuando Carlos Menem (24.45%) y Néstor Kirchner (22.24%) encabezaron los resultados electorales. Entonces Menem, atento a las encuestas que lo daban ampliamente perdedor, decidió no presentarse al establecido balotaje que él mismo había propiciado y Alfonsín pudo degustar, cuando menos, el freno institucional y efectivo al neoliberalismo.

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La victoria estratégica (y póstuma) de Raúl Alfonsín, a costo de su propio partido, se dio veinte años después, en 2015. Las elecciones presidenciales del 25 de octubre de 2015 arrojaron resultados de un balotaje que, finalmente, se llevó a cabo: Daniel Scioli (FPV) obtuvo un 37.08% de los votos frente al 34.15% obtenido por Mauricio Macri (Cambiemos).

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Así, el primer balotaje de la historia argentina se realizó el 22 de noviembre de 2015, con 32.064.684 electores habilitados y dio la victoria a la alianza opositora Cambiemos y, por primera vez en la historia, un partido expreso de derecha, llega al poder a través de la recolección de votos.

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El destacado politólogo francés Maurice Duverger definió al balotaje como un sistema que castiga a aquellos partidos, que aun siendo muy populares, tienen más enemigos que amigos. Aquella intención de Alfonsín de “limitar las preferencias negativas y que se impongan desmedidamente sobre las positivas” no contemplaba el poderoso activismo de los medios de comunicación concentrados del siglo XXI que permitieron, a la postre, llevar su candidato al poder.

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