Campaña presidencial Fernando De la Rúa [1999]

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Pocas dudas corrían sobre la victoria de la Alianza en las elecciones presidenciales del 24 de octubre de 1999. Las presidencias neoliberales del peronista Carlos Menem (1989-1995 y 1995-1999) que, bajo la sombra experimental del Consenso de Washington lograron elevar el desempleo y la deuda externa a niveles récord, corromper la justicia, desmantelar el Estado y destruir la industria, sólo podían ser sostenidas por el sector concentrado y conservador (20%) favorecido con sus políticas económicas.

La decadencia menemista ya había quedado plasmada en las elecciones legislativas del 26 de octubre de 1997, cuando la flamante Alianza debutó con un rotundo 46.97% sobre el 36.33% cosechado por el Partido Justicialista.

El clima electoral de 1999 se reflejaba en las encuestas previas que daban, en su totalidad, resultados favorables a la Alianza de entre 2 y 13 puntos porcentuales (1).

La Argentina democrática no salía del tradicional bipartidismo (radicales vs peronistas) que había dominado el escenario político de los últimos cincuenta años. Pero las grandes estructuras no salieron indemnes de la década menemista (Consenso de Washington) y ya manifestaban sus grietas. Ambos partidos, reconocidos como las (únicas) fuerzas políticas tradicionales y presidenciables, nunca más pudieron encolumnarse unidas bajo sus propias banderas. El radicalismo, incluso, nunca más pudo consolidar, por sí, una candidatura presidencial.

La primera ruptura que sufrió el peronismo fue, a sólo seis meses de la asunción de Carlos Menem, la escisión del llamado Grupo de los Ocho. Los indultos presidenciales a jefes militares condenados por sus acciones criminales durante la última dictadura militar, el giro hacia políticas conservadoras y al liberalismo económico, la incorporación de Álvaro Alsogaray al partido, las privatizaciones de empresas públicas del Estado y los escándalos de corrupción, fueron las principales causas esgrimidas por la facción de 8 diputados justicialistas (2), comandados por Carlos “Chacho” Álvarez, para abrirse y conformar un bloque parlamentario independiente en el Congreso en diciembre de 1989.

Así, la década menemista fue el lapso de una veloz y efectiva construcción política de Chacho Álvarez que prosperó, vivió y murió sin lograr trascender su carácter congénito de oposición. Recolectando adhesiones y sellando alianzas logró fundar su propio partido, el Frente Grande, casa de la oposición menemista donde se reunieron peronistas disidentes, sectores vinculados a los derechos humanos (Graciela Fernandez Meijide), grupos provenientes de la Democracia Cristiana (Carlos Auyero), el Partido Comunista, el Partido Intransigente, sectores del Partido Humanista e independientes sin antecedentes políticos.

El Pacto de Olivos firmado por las cúpulas del peronismo y el radicalismo (1993) que hizo posible la reelección presidencial de Menem, terminó por diluir la fuerza centenaria de la golpeada Unión Cívica Radical y el joven Frente Grande, consolidado como unánime polo opositor, se vio recibiendo grandes y defraudados contingentes radicales que leyeron la decisión de su líder, Raúl Alfonsín, como abdicación (3).

Las elecciones de 1995 convirtieron a Menem en el primer presidente reelecto desde la reelección de Juan Domingo Perón en 1952, con el 49.8% y al radicalismo, por primera vez en la historia, en tercera fuerza (17.09%). La oposición y el segundo puesto quedaron en manos del joven FREPASO (29.23%), el Frente Grande de Carlos Chacho Álvarez que seguía sumando socios (4) y la ciudad de Buenos Aires (Jefatura de Gobierno), históricamente antiperonista, quedó en manos del radical Fernando De la Rúa.

Fue así que en las elecciones legislativas de 1997, la devaluada Unión Cívica Radical se sentó a negociar con el pujante FREPASO: aquella poseía la centenaria estructura partidaria y este contaba los votos. La negociación que terminó de conformar la ALIANZA por el Trabajo, la Justicia y la Educación puede verse como el último escalón de la vida política de Chacho Álvarez, tanto por su posterior renuncia como por aquel germen congénito que selló su suerte: la oposición.

Unidos menos por amor que por el espanto al menemismo, la Alianza (UCR + FREPASO) definió su fórmula presidencial en internas abiertas y, luego de ingenierías electorales (5), quedó plasmada con Fernando De la Rúa (UCR) a la cabeza, acompañado del vice Carlos Chacho Álvarez.

A poco empezó la campaña electoral y el trabajo de vender a Fernando De la Rúa, Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en ejercicio, como candidato presidencial. La tarea quedó en manos del publicista Ramiro Agulla y su equipo de comunicación entre los que figuraban David Ratto, Carlos Souto, Miguel Sal y Luis Stuhlman en permanente intercambio con el propio De la Rúa, su esposa Inés Pertiné, su hijo mayor Antonio, su amigo Nicolás Gallo, Darío Lopérfido y Dick Morris, asesor de imagen de Bill Clinton.

El grupo de publicistas se llamaba a sí mismo el “drink team”, por los tragos que preparaba Ratto, el decano y más admirado de los propagandistas políticos desde la campaña presidencial de Raúl Alfonsín (1983). Aquella “fue una campaña familiar, fue friendly”, decía, sorprendido de haber vuelto a disfrutar del armado de un candidato. “En aquel tiempo, era la vida o la muerte. El primer anuncio que se hizo decía: “Más que una salida electoral, una entrada a la vida””. La campaña de Alfonsín fue más fácil “porque del otro lado estaba la muerte. Incluso cerraron (la campaña) con un cajón. Ahí con los indecisos no hubo que hacer nada”. La construcción de De la Rúa, en cambio, se centró en el candidato, en su persona.

“Sabíamos cuáles eran las limitaciones, cuáles eran los problemas que la gente sentía que tenía De la Rúa -admite Ratto-. Lo primero que dijimos fue: vamos a hablar del candidato por lo que el candidato es. Está el viejo dicho de que se puede engañar a parte del mundo parte del tiempo, no a todo el mundo todo el tiempo. Y lo peligroso que es.”

En efecto, un candidato como De la Rúa, frente a los colmillos peronistas debía ser muy cuidado. Desde el inconsciente colectivo, insuflado por la oposición, se atribuían al candidato la falta de carisma, de carácter y de decisión. Pero lo que más surcó su imagen fue el mote de “aburrido” que se le confirió rápidamente. El senador peronista Antonio Cafiero había encontrado una ofensa ingeniosa contra el candidato de la Alianza: “No hay nada más aburrido que un domingo de lluvia, sin fútbol y con De la Rúa como presidente”.

Desde entonces la frase “De la Rúa es aburrido” se instaló, casi indeleble, en la corrosiva opinión pública y el unánime ariete radical de la “honestidad” parecía poco suficiente para revertir la imagen.

Así fue que Ramiro Agulla se encontró en la tarea de revertir la imagen insulsa de De la Rúa y largó sin medias tintas. “Dicen que soy aburrido”, el primer spot publicitario, marcó oficialmente el inicio de la campaña presidencial en la TV.

Largas horas de debate llevó la decisión final de poner el spot al aire. La oposición del propio candidato, su mujer, Nicolás Gallo y Dick Morris no fueron suficiente frente al apasionamiento del hijo mayor, Antonio De la Rúa apoyado por David Ratto.

El spot salió al aire en mayo (1999), luego de una gestión de último momento del publicista David Ratto contra las presiones del sector político de la campaña, que temía un desastre. “Dicen que soy aburrido”, admitía De la Rúa, en un gesto de audacia inusual para convertir el aburrimiento en virtud. Fue el comienzo de la transformación del candidato.

“Se empezó a encontrar. Sacó de adentro de él una personalidad, vaya a saber por qué, que empezó a tener una fuerza… Quizá la forma de graficar esto en números es la cantidad de tomas que hacíamos al comienzo y al final”, recordó Ratto. De la Rúa tuvo que repetir 50 veces el discurso del comercial. “Cuando me fui, pensé: este tipo no me va a querer ver nunca más”, confesó Agulla.

La frase causó conmoción. Los chicos pedían al candidato que “hiciera el aburrido”, en sus visitas a escuelas o viajes de campaña.
Agulla cree que, con ese aviso, “De la Rúa entró en la piel de todos los argentinos, de los niños, de las familias. Fue lo que captó la atención de todo lo que vino después. Era mostrar a un tipo capaz de hablar de lo que sea. Hablaba con honestidad. Y si se pensaba que De la Rúa era un tipo que dudaba, era mejor tener a la gente pensando que no, que es aburrido. Porque se puede ser presidente y aburrido, pero no se puede ser presidente dubitativo o débil. Era poner a la gente a hablar de lo que nosotros queríamos que hablara y olvidar lo que nosotros queríamos que olvidara”.

Los publicistas se referían al presidente electo como “el producto” y encontraban paralelos en la venta de jabones en polvo. Decía Miguel Sal que “no podés pretender que el candidato sea perfecto, el candidato es como es y es justo presentarlo como es. No se puede engañar a la gente. Vos tenés que hacer cuentas con eso”.

Los vacíos de De la Rúa ya se habían manifestado antes de ganar las elecciones. El candidato perdió la mayor parte de las peleas que intentó librar contra los publicistas por las palabras exactas que debía decir ante las cámaras; escribió por decisión propia algunos textos para los comerciales de Graciela Fernández Meijide, que tampoco fueron aceptados e, incluso, fue engañado para filmar aquella escena polémica en la que comandaba a un grupo SWAT armado hasta los dientes que lo hacía aparecer como “hombre seguro”.

Vencida la desventaja del carácter del candidato, Agulla resolvió rebatir la idea de la falta de decisión, que el inconsciente colectivo atribuía a De la Rúa. Vistió de comandos armados a un grupo de actores y lo puso a caminar detrás de un De la Rúa de sobretodo oscuro, de aspecto presidencial. La idea “surgió para poner un icono de fortaleza explícito, exagerado a propósito”.

La imagen fue filmada con un engaño. “Yo no quiero que la hagamos con todas estas armas”, le había dicho De la Rúa a Souto, en el lugar de filmación. “No, no, es para ver cómo queda”, mintió Souto.

El público aliancista reaccionó mal, pero, según Agulla, “en La Matanza nos fue bomba”. “Había que ir a buscar más allá”.

En las elecciones del 24 de octubre de 1999, el candidato de la Alianza, Fernando De la Rúa, acompañado de Carlos “Chacho” Álvarez, se impuso con el 48.37% de los votos a la fórmula del Partido Justicialista de Eduardo Duhalde y Ramón “Palito” Ortega que obtuvo el 38.27%.


NOTAS Y FUENTES
(1) A fines de mayo (1999) CEOP daba el triunfo aliancista sobre el peronismo por 39.9% a 38.3%. En junio, Analía del Franco daba 41.4% a 29.5% y Mori Argentina 39% a 29%. En julio, Mora y Araujo pronosticaba 45% a 32%. En agosto, Gallup proponía 43% a 30%. En septiembre, Julio Aurelio publicaba 44.7% a 34.8%. Y en octubre, a pocos días del acto eleccionario, Gallup volvía con 44% a 30% y CEOP con 45.1% a 30.9%.
(2) Los diputados del Grupo de los Ocho son: Carlos “Chacho” Álvarez, Germán Abdala, Darío Alessandro, Luis Brunati, Juan Pablo Cafiero, Franco Caviglia, Moisés Fontela y José “Conde” Ramos.
(3) Las abdicaciones de Alfonsín: Felices Pascuas, Obediencia Debida y Punto Final, Renuncia presidencial y Pacto de Olivos.
(4) En las elecciones de 1995, el Frente Grande de Carlos “Chacho” Álvarez se unió al PAÍS (Política Abierta para la Integridad Social) fundado ese mismo año por el peronista disidente José Octavio Bordón que lideró la fórmula presidencial Bordón – Álvarez.
(5) El FREPASO presentó a internas abiertas como candidata presidencial a Graciela Fernandez Meijide que perdió frente a la candidatura radical de Fernando De la Rúa. Luego, viendo la conveniencia de que Meijide se presente como candidata a gobernadora de la provincia de Buenos Aires, el lugar vice de la fórmula presidencial fue ocupado por Carlos Chacho Alvarez.

FUENTE DECLARACIONES: Diario La Nación 30.10.1999

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