La ayuda de Chile a Inglaterra en la guerra de Malvinas.

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Una hernia discal lumbar llevó a Don Augusto Pinochet, ya de 83 años, a visitar la medicina especializada de Inglaterra. El 22 de septiembre de 1998 parte de Chile a Londres acompañado por su esposa, Lucía Hiriart, uno de sus nietos, Rodrigo García Pinochet y la protección de dos documentos otorgados por la Cancillería chilena: un pasaporte diplomático que lo reconoce senador vitalicio y una misión especial, avalada por el decreto n° 1505.

No es poco. Un año antes (1997), cuando el octagenario desveló sus deseos de viajar a España, el entonces Canciller chileno, José Miguel Insulza, declaró la visita “poco recomendable”. En efecto, en marzo de 1996 la Unión Progresista de Fiscales de España ya había interpuesto, en la quinta sala de Audiencia Nacional de Madrid, una querella por genocidio y terrorismo contra miembros de la Junta Militar argentina que gobernara el país de facto entre 1976 y 1983. Las investigaciones derivaron, indefectiblemente, a la Operación Cóndor y en junio de 1996 los fiscales españoles amplían la querella contra los miembros de la Junta Militar chilena por delitos cometidos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 31 de diciembre de 1983, diez de los dieciséis años de la presidencia chilena de facto de Pinochet. (1)

Después de reconocer Londres junto a su esposa, Pinochet se interna en la London Clinic donde es intervenido quirúrgicamente de su dolencia, a la postre, menor.

El pos operatorio no sería breve. La operación fue un éxito pero quizás no tan extraordinario como para recibir visitas inesperadas en la clínica. Una semana después, cuando inspectores de Scotland Yard se acercan a saludarlo personalmente antes de comunicarle, en inglés, sobre la orden de arresto determinada por el juez metropolitano de Londres, Nicholas Evans, Pinochet, aún en cama, se entera de que sus papeles de inmunidad (misión especial) son desconocidos por Inglaterra.

Amnistía Internacional ya había anunciado que pediría la detención y el juez español, Baltasar Garzón Real, ya había emitido su orden desde España por su presunta implicación en los delitos de genocidio, terrorismo internacional, torturas y desaparición de personas ocurridos en Chile durante la dictadura.

Una semana después de su detención, el juez Garzón dicta una orden de embargo de sus posibles cuentas bancarias en Suiza, Luxemburgo y otros países, en la que no se consideraría un centenar de millonarias cuentas secretas que se revelarían seis años más tarde en Estados Unidos.

El dictador sale de la London Clinic en silla de ruedas y bajo custodia policial para ser trasladado a un hospital psiquiátrico al norte de Londres, bajo la estrategia chilena de declararlo insano mental. Mientras tanto se siguen sumando nuevas denuncias de familiares de asesinados y detenidos desaparecidos, que comparecen ante la Cámara de los Lores. (2)

A la petición de extradición del gobierno español se suman la del gobierno suizo, que entabló una nueva orden de detención por la desaparición en 1977 de Alexis Jaccard, la del gobierno francés, que denunció secuestros y torturas por medio del juez Roger Le Loire y la de exiliados chilenos en Suecia.

“Es interesante que el fiscal pueda poner tanto énfasis en llamar a Pinochet dictador, usurpador y asesino… y sin embargo no reconozca las razones y la autoridad de la Corte española (para juzgar el caso)”, escribe entonces el juez Baltasar Garzón que no se cansa de rechazar apelaciones.

El Secretario General de las Naciones Unidas (ONU), Kofi Annan, sostiene que los sospechosos de crímenes graves “ya no pueden permanecer fuera del alcance de la ley”. El primer ministro francés, Lyonel Jospin, califica la detención de “feliz y justa”, los gobiernos de Alemania, España, Suiza, Francia y Bélgica, así como el Comité de la ONU contra la Tortura y diversas organizaciones de derechos humanos lideradas por Amnistía Internacional, rechazan la inmunidad diplomática de Pinochet y aprueban su procesamiento y el angosto Chile, en ebullición, se agrieta en dos.

En efecto, si bien el mundo terminó de descubrir a Augusto Pinochet, no todos están en su contra. Dos personas influyentes no dudan, aún contra la corriente, en apoyarlo públicamente. Uno, George W. Bush, ex presidente de Estados Unidos. Otra, Margaret Thatcher, ex primer ministro de Inglaterra.

La dama de hierro envía una imperativa carta a The Times solicitando la inmediata liberación del dictador chileno. Por entonces (1998) el presidente argentino, Carlos Saúl Menem, gestionaba su visita reconciliatoria a Gran Bretaña, hecho que le sirvió a Thatcher para escribir:

“Sería vergonzoso predicar la reconciliación con uno (Menem) mientras se mantiene arrestado a alguien que, durante aquel conflicto, hizo tanto para salvar vidas de británicos.”

“Aquel conflicto” es la guerra de las Islas Malvinas. Thatcher estremece a propios y extraños. Durante todo el conflicto de 1982, Chile enfatizó reiteradamente su neutralidad, incluso ante las sospechas argentinas que se acentuaron cuando, el 18 de mayo de 1982, un helicóptero británico Sea King, matrícula ZA290, se precipitó a tierra al sur de Punta Arenas, en Chile, fuera del área de conflicto que enfrentaba a Londres y Buenos Aires.

En efecto, horas después de la terminante carta de Thatcher pidiendo que “el general Pinochet debe ser autorizado a retornar a su país sin dilación”, el general retirado Jeremy Moore, ex comandante de las fuerzas de tierra británicas en las Islas Malvinas, señala a una agencia de noticias argentina que Londres contó con la ayuda de Estados Unidos y de Chile.

“Sólo sé que desde el sur de Chile, desde las altas montañas, se espiaba el movimiento de las bases argentinas, por ejemplo con radares, y se nos informaba sobre la salida de los aviones… En pocas palabras, los chilenos nos daban información y señales de advertencia.”

La detención de Pinochet en Inglaterra se prolongó por un año y medio de negociaciones, rumores y jaques a la opinión pública. No dejó de saberse que la llegada de Margaret Thatcher al poder en Reino Unido (1979) significó un cambio fundamental en las relaciones entre Chile e Inglaterra, ratificado con el levantamiento del bloqueo de la venta de armas al país transandino y la posterior compra de armamento, entre 1980 y 1982, por £21 millones (cerca de US$160 millones actuales).

Un año después de la temeraria carta de Thatcher a The Times, la misma mujer siguió gestionando la libertad del dictador chileno.
El 9 de octubre de 1999, durante la conferencia anual del Partido Conservador inglés, Thatcher decidió tomar la palabra y, entre otras cosas, dijo:

“Pinochet fue un incondicional de este país cuando Argentina invadió las islas Falklands. Yo sé – era Primer Ministro en esa época – que gracias a instrucciones precisas del Presidente Pinochet, tomadas a un alto riesgo, que Chile nos brindó valiosa asistencia. Yo no puedo revelar los detalles, per déjenme narrarles al menos un episodio.

Durante la guerra, la Fuerza Aérea Chilena estaba comandada por el padre de la senadora Evelyn Matthei, quien está aquí esta tarde con nosotros. El entregó oportunas alertas de inminentes ataques aéreos argentinos que permitieron a la flota británica tomar acciones defensivas. EL valor de esa ayuda en información de inteligencia se probó cuando faltó. Un día, cerca ya del final del conflicto, el radar chileno de largo alcance debió ser desconectado debido a problemas de mantenimiento. Ese mismo día – el 8 de junio de 1982 – una fecha guardada en mi corazón – aviones argentinos destruyeron nuestros buques Sir Galahad y Sir Tristram. Eran barcos de desembarco que trasladaban muchos hombres y los ataques dejaron entre ellos muchas bajas.

En total unos 250 miembros de las fuerzas armadas británicas perdieron la vida durante esa guerra. Sin el general Pinochet, las víctimas hubieran sido muchas más”.

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Fernando Matthei

En marzo de 2002 el diario chileno La Tercera publicó una nota realizada al ex comandante de la Fuerza Aérea chilena, Fernando Matthei, por la Dra. En Historia de la Universidad Complutense de Madrid, Patricia Clavel, durante julio de 1999. Allí Matthei dice:

“Dos días más tarde (de la toma de Malvinas) se presentó mi oficial de inteligencia, el general (Vicente) Rodríguez (ex jefe del servicio de inteligencia de la Fuerza Aérea) informándome que había llegado un oficial inglés enviado por el jefe del Estado Mayor de la Real Fuerza Aérea británica. Le dije que lo recibiría. Se trataba del Wing Commander (comandante de escuadrilla) Sidney Edwards, un personaje que no parecía inglés para nada y que hablaba español perfectamente.”

“Venía con una carta de sir David Great, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea inglesa, para ver en qué podíamos ayudarlo. Tenía plenos poderes para coordinar conmigo cualquier cosa que pudiéramos hacer juntos, lo que a mí me pareció muy interesante. Me dijo que tenía plenos poderes para negociar, y que lo que a ellos más les apremiaba era la información de inteligencia. Los ingleses no se habían preocupado para nada de Argentina. Sabían todo lo inimaginable sobre Unión Soviética, pero de Argentina no sabían nada. Edwards me preguntó en qué podíamos ayudarlos. Le contesté que no me mandaba solo y que hablaría con el general Pinochet.”

“Conversé con él en términos muy generales, informándole que teníamos una gran oportunidad. A nosotros no nos interesaba que los argentinos les pegaran a los ingleses, porque entonces – ya lo había dicho Galtieri – seríamos los siguientes. Recién estábamos digiriendo el discurso de Plaza de Mayo, en el cual – rugiendo ante las multitudes – había manifestado que Malvinas sería sólo el comienzo. Parecía Mussolini.”

“Nos preocupó que después de las islas apuntaran hacia acá. Después de todo, ellos calificaban que territorios nuestros también les pertenecían. En general, Pinochet estuvo de acuerdo en que yo trabajara con los ingleses, siempre que no se supiera, y ambos estuvimos de acuerdo en que por ningún motivo debía enterarse de ello ni siquiera el Ministerio de Relaciones Exteriores.”

“Con el general Pinochet quedamos en mantener esto en absoluto secreto, y luego volví a reunirme con Sidney Edwards, informándole que tenía carta blanca en el asunto y que operaríamos de acuerdo con mis criterios. Edwards me dijo que tanto el agregado de Defensa inglés – un marino – como la Embajada Británica no sabían de su existencia y que no debían enterarse. Edwards viajó entonces a Inglaterra para analizar que podíamos hacer nosotros y a su regreso trajo autorización para que les diéramos información de inteligencia.”

“Ellos nos venderían en una “libra” – entre comillas – aviones Hawker Hunters, los cuales se traerían de inmediato a Chile por avión. Y también un radar de larga distancia, misiles antiaéreos, aviones Camberra de reconocimiento fotogramétrico a gran altura y también bombarderos. El material era muy importante, sobre todo los aviones de reconocimiento, porque en la Fuerza Aérea chilena no teníamos ninguno. Vuelan muy alto, como los U-2 norteamericanos y tienen unas inmensas cámaras fotográficas. Además, mandarían un avión de inteligencia, comunicaciones y espionaje electrónico. Se trataba de un avión Moondrop a chorro, parecido al 707 de pasajeros pero transformado.”

“Como primera medida, entonces, los ingleses mandaron ese avión, con el cual realizamos un reconocimiento completo a nuestro lado de la frontera. Hacíamos vuelos a gran altura sobre territorio chileno, pero captando señales del otro lado que nuestros equipos no eran capaces de captar por la cordillera y la baja altura”.

“Ese avión venía como cualquier aparato civil, con un plan de vuelo normal… no pasó por Argentina. Todos estos aviones llegaron a través de la isla de Pascua y Tahití.”

“En un cerrito habíamos instalado un radar de 200 millas de alcance comprado en Francia. En tierra teníamos puestos de escucha en varias partes, que captaban todas las señales y comunicaciones radiales argentinas. También habíamos desarrollado en Punta Arenas, cuando llegué a la comandancia en jefe, un puesto de mando blindado bajo tierra, bien protegido, al cual llegaban todas las informaciones graficadas y clarísimas, como un teatro. En ese puesto se reunían todas las informaciones captadas por el radar grande y los más chicos, y por los escuchas. Allá se instaló Sidney Edwards.”

(Edwards) tenía un equipo de comunicación satelital directa con la Marina Real británica en el comando central de Northwood, cerca de Londres. Lo que pasaba aquí, de inmediato lo sabían los ingleses.”

“Nosotros avisábamos, por ejemplo, que desde una base determinada habían salido cuatro aviones en dirección a tal parte, que por su velocidad parecen Mirage. Una hora antes de que llegaran, los ingleses ya estaban informados de su arribo.”

“Nunca le contaba nada (a Pinochet). Empecé a no contarle por una sola razón: si saltaba la liebre, quería que Pinochet estuviera en condiciones de jurar que él no sabía nada. De esa forma, podría decir que el culpable era el imbécil de Matthei y que lo echaría de inmediato. Nosotros siempre vamos a ser vecinos de Argentina, por eso no podíamos echar a perder para siempre esas relaciones.”

La guerra causó 1068 heridos y 746 muertos argentinos; 777 heridos y 265 muertos ingleses. Dos décadas después se contabilizaron 430 suicidios de ex combatientes argentinos y 250 suicidios de ex combatientes ingleses.

Pinochet comparece por primera vez ante el tribunal británico el 11 de diciembre de 1998 y finalmente, luego de un largo periplo judicial y una reñida batalla legal llevada a cabo durante todo 1999, el ministro de interior inglés Jack Straw decide el 2 de marzo de 2000 liberar a Pinochet, declarando que a juzgar por sus recientes exámenes médicos, no está en condiciones de ser juzgado. Ese mismo día Pinochet toma un avión de la Fuerza Aérea Chilena de regreso a Chile, donde vivó perseguido por la justicia hasta su muerte en 2006.

Notas:
(1) El caso fue asumido por el juez Manuel García Castellón, titular el gabinete de instrucción n° 6, quien había viajado a Estados Unidos a investigar en la CIA para confirmar 3000 muertos hasta 1979.
(2) Entre ellos Isabel Allende, hija del expresidente Salvador Allende.

Fuentes:

ARCHIVO CHILE: INFORME SOBRE LA DETENCION DE PINOCHET EN INGLATERRA
ARCHIVO CHILE: EL ROL DE PINOCHET EN GUERRA DE LAS MALVINAS
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