Cartas de del Carril a Lavalle.

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Bóveda de Salvador María del Carril (1798-1883) en el cementerio de la Recoleta (Buenos Aires).

Baldaquino en forma de aguja coronada con la figura de Cronos, Dios del Tiempo. Este monumento fue encargado por la esposa de Del Carril, doña Tiburcia Domínguez de Del Carril, al escultor Camilo Romairone. Debido a los desencuentros matrimoniales que habían tenido en vida, su esposa decidió que su estatua no podía mirar en la misma dirección que la de su esposo, por el resto de la eternidad. Se dice que Del Carril se rehusó a pagar las deudas de su señora, anunciándolo mediante una carta publicada en los periódicos de la época. La señora Del Carril nunca más volvió a dirigirle la palabra.

Cartas de Salvador María del Carril a Juan Galo de Lavalle

El 1º de diciembre de 1828 el general unitario Juan Galo de Lavalle encabezó una revolución contra el gobierno del coronel Manuel Dorrego, quien en 1827 había sido elegido gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires. Ese mismo día Lavalle fue nombrado gobernador interino mientras Dorrego se retiraba a la campaña con el objeto de reunir fuerzas para resistir el alzamiento. Pocos días después, el 13 de diciembre de 1828, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego, llega prisionero a Navarro. Le comunican que va a ser fusilado y se le concede una hora para escribir a quienes desee. No se le explica cuál es su delito, ni por qué ley se lo juzga ni que autoridad superior lo condena. El presbítero Domingo Victorio de Achega le da la última asistencia espiritual cristiana. El capitán Páez es el encargado de bajar la espada para que el pelotón fusile al encargado de Ejecutivo. A las dos y media de la tarde Dorrego cae asesinado de ocho disparos.

Juan Galo de Lavalle reúne a sus jefes y les dice:

¡Estoy cierto de que si hubiera llamado a ustedes a Consejo para juzgar a Dorrego, todos habrían sido de la misma opinión que yo! ¡Pero soy enemigo de comprometer a nadie, y lo he fusilado por mi orden! ¡La posteridad me juzgará!

Guillermo Furlong cuenta que Jean Baptiste Washington de Mendeville, Cónsul francés en Buenos Aires (casado en 1820 con María de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo, luego conocida como Mariquita Sánchez de Thompson), confirma que la muerte de Dorrego es decidida por un “consejo”, “junta secreta” o “logia” integrada por Juan Galo de Lavalle, Martín Rodríguez (reemplazante de Dorrego como gobernador), José Miguel Díaz Vélez (ministro de Lavalle), Filiberto Héctor Varaigne (secretario privado de Bernardino Rivadavia), Juan Cruz Varela (ex jefe de la división del Ministerio del Interior de Bernardino Rivadavia y redactor de los diarios unitarios El mensajero argentino y El Tiempo), Manuel Bonifacio Gallardo (abogado y redactor en el diario unitario El Tiempo, junto a Juan Cruz Varela, Florencio Varela y Valentín Alsina), Julián Segundo de Agüero (sacerdote masón), Francisco Fernández de la Cruz (ministro de Rivadavia), Salvador María del Carril (jurista masón), Bernardo Ocampo (sacerdote) y José Valentín Gómez (sacerdote y rector de la Universidad de Buenos Aires).

Hernán Brienza (1) agrega a la reunión a Ignacio Alvarez Thomas (General), Federico Rauch (Coronel), Ramón Larrea (hermano del vocal de la Primera Junta) y Francisco Pico (abogado).

De todos ellos sólo tres dejaron testimonio en cartas: Salvador María del Carril, Juan Cruz Varela y Julián Segundo de Agüero. Lavalle no hizo caso al consejo de Juan Cruz Varela, “cartas como esta se rompen”. No sólo las había conservado, sino que las había mostrado a Juan Manuel de Rosas en las conferencias de Cañuelas de junio de 1829 (2). Años después, salvo la carta del sacerdote Agüero, los escritos son hallados entre los papeles póstumos de Lavalle y salen publicados por el historiador Ángel Justiniano Carranza en el diario La Nación.

Corría 1881 y el público lector se enteraba de que Salvador María del Carril, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en ejercicio, había escrito, entre otros consejos, que “si para llegar siendo digno de un alma noble es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla, y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos…”

Aquí las cartas de Salvador María del Carril a Juan Galo de Lavalle, pidiendo el fusilamiento de Dorrego:


12 de Diciembre de 1828.

Señor General Don Juan Lavalle.

Querido general: Dorrego preso en poder de escribano, escribe al ministro Díaz Vélez, lo que sigue: “Estoy prisionero en manos del jefe de este regimiento –Lavalle-. Marcho a Buenos Aires y le suplico tenga la bondad de verme antes de entrar allí… Daré indicaciones que podrán contener y cortar las cuestiones del día y a los que las sostienen”…

Ha escrito también a Brown; no sé qué le dirá. La noticia de la prisión de Dorrego y su aproximación a la ciudad, ha causado una fuerte emoción; por una parte, se emplean todos los manejos acostumbrados para excusar un escarmiento y que nuestras víctimas de Navarro queden sin venganza. No se sabe cuánto puede hacer el partido de Dorrego en este lance que se compone de la “canalla” más desesperada. Sin embargo, puedo anticipar, que si sus esfuerzos son impotentes para turbar la tranquilidad pública, son suficientes, para intimidar a las almas débiles de su ministro y sustituto Brown. Díaz Vélez, había determinado que Dorrego entrase a la ciudad. Pero yo, de acuerdo con Segundo de Agüero, le hemos dicho que, dando ese paso, abusaría de sus facultades, porque la naturaleza de tal medida coartaba la facultad de obrar en el caso al único hombre que debiera disponer de los destinos de Dorrego, es decir Usted, es decir, al que había cargado sobre sí la responsabilidad de la revolución; por consiguiente, el Ministro debía mandar a Dorrego, encaminado a donde está usted…

Ahora bien, general, prescindamos del corazón en este caso. Un hombre valiente no es vengativo ni cruel. Yo estoy seguro que usted no es ni lo primero ni lo último. Creo que es un hombre de genio, y no puedo figurármelo sin la firmeza necesaria para prescindir de los sentimientos y considerar obrando en política los actos, de cualquier naturaleza que sean, como medios que conducen o desvían de un fin.

Así, considere usted la suerte de Dorrego. Mire usted que este país se fatiga hace 18 años, en revoluciones, sin que una sola produjera un escarmiento. Considere el origen innoble de esta impureza de nuestra vida histórica y lo encontrará en los miserables intereses que han movido a los que las han ejecutado. El general Lavalle no debe parecerse a ninguno de ellos; porque de él esperamos más. En tal caso, la ley es que una revolución es un juego de azar en el que se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica, la cuestión parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra y no cortará usted las restantes; ¿entonces, qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas fieras?…. Nada queda en la República para un hombre de corazón.

(Carta sin firma)


14 de Diciembre de 1828.

Mi querido general:

La prisión del señor Dorrego, es una circunstancia desagradable, lo reconozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil.

Cualquiera sea el partido que usted tome, lo deja en una posición delicada; no quiero ocultárselo. La disimulación a más de ser injuriosa, sería perfectamente inútil al objeto que me propongo.

Hablo de la fusilación de Dorrego: hemos estado de acuerdo en ella, antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla, y usted que va a hacerse responsable de la sangre de un hombre, puede sin inconsecuencia, variar un acuerdo que le impone obligaciones, que a nadie debe usted ceder la facultad de pensar y distinguir.

Dejando a usted en toda la integridad de su libre albedrío, mi pretensión en esta crisis, se reduce a exigir que preste un maduro examen a la posición que ocupa: que la mida en toda su extensión; por el lado en que las esperanzas más bien fundadas se presentan, como son los pronósticos seguros de una prosperidad halagüeña, y por el lado en que la inconstancia de la suerte y la veleidad de los hombres y de los partidos, presentan, al que corre la carrera pública, el aspecto odioso de lo que se llama las vicisitudes de la fortuna.

Hecho el prolijo examen, estoy seguro que sin otro consejero que su genio, no fluctuará mucho tiempo sin decidirse por los deberes que ella le impone, según mi modo de ver.

Salvador María del Carril.


15 de Diciembre de 1828.

Mi querido general Lavalle:

Hemos sabido de la fusilación de Dorrego. Este hecho abre en el país una nueva era y es el mayor servicio que ha podido hacerle. Todos confiesan que nadie era capaz de dar un paso tan enérgico; pero todos lo aplauden. Yo he observado bien lo que ahora expreso y se lo digo a usted sin objeto de lisonjearlo; hablo sin pasión: nunca anidé venganza en mi corazón; jamás mantuve la ira contra un ser humano dos minutos; pero deseando con vehemencia la felicidad de la patria, juraré siempre por el general Lavalle, su mejor servidor.

Me tomo la libertad de prevenirle, que es conveniente recoja usted un acta del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase redactado con destreza, será un documento histórico muy importante para su vida póstuma. El señor Gelly se portará bien en esto: que lo firmen todos los jefes y que aparezca usted firmándolo. Debe fundarse en la rebelión de Dorrego con fuerza armada contra la autoridad legítima elegida por el pueblo: en el empleo de los salvajes para ese atentado; en sus depredaciones posteriores; en el compromiso en que ha dejado la propiedad sobre las fronteras; en la seducción que trató de obrar en las fuerzas del comandante Angel Pacheco y del regimiento de Rauch; en el auxilio pedido a Santa Fe como debe constar por sus comunicaciones, etc., etc.

Salvador María del Carril.


20 de Diciembre de 1828.

Mi querido general don Juan Lavalle.

Algunas palabras sobre la muerte de Dorrego: Ella no pudo ser precedida de un juicio en forma: 1º, porque no había jueces; 2°, porque el juicio es necesario, para averiguar los crímenes y demostrarlos, y porque de los atentados de Dorrego, se tenía más que juicio, opinión, de su evidencia existente y palpable, comprobada por muchas víctimas, por un número considerable de testigos espectadores y por su prisión misma. Sin embargo, vea usted cuál es mi duda:

¿No será conveniente dejar a los contemporáneos y a la posteridad, que los mismos esfuerzos que se hagan para suplir las formas, que no se han podido llenar o que eran innecesarias en el caso, mostrar una prueba viva del estado de la sociedad en que hemos tenido, usted y yo, la desgracia de nacer, y de la clase del malvado, que se ha visto usted forzado a restaurar la tranquilidad? ¿Y un acta que contuviese el complot; porque no quiero disminuir nada a la fuerza del término, de los jefes y comandantes de su división: hombres de diferentes circunstancias, independientes muchos; de sacrificar la cabeza de una facción desesperada, no cree que votando a unanimidad la muerte, no llenaría bien los dos objetos de mi pregunta anterior? Me hace fuerza la afirmativa, querido General.

Por lo demás, general, incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad; persuadido de que esta gratuita atribución no es más que un consuelo engañoso de la inocencia, o una lisonja que se hace nuestro amor propio, o nuestro miedo, cierto como estoy, por último, por el testimonio que me da la historia, de que la posteridad consagra y recibe las deposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo y sobrevivieron, y que sofoca los reclamos y las protestas del débil que sucumbió y del hombre sincero que no fue creído; juro y protesto que colocado en un puesto elevado como usted, no dejaría de hacer nada de útil por vanos temores.

Y si para llegar siendo digno de un alma noble es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla, y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos según dice Maquiavelo; verdad es, que así se puede hacer el bien y el mal; pero es por lo mismo que hay tan poco grande en las dos líneas.

Los hombres son generalmente gobernados por ilusiones. General, a usted no le gusta fingir, ni a mí tampoco y creo que por ningún punto se aproxima tanto la conformidad de nuestros caracteres como por éste, y así que usted fusilando a Dorrego y yo escribiendo, decimos verdades que aunque nos puedan acreditar de verídicos, no querríamos que se nos aplicasen, ¡voto a Dios! de ninguna manera.

Salvador María del Carril.


Fuente de las cartas: 1972. Haydée Gorostegui de Torres y Ricardo R. Figueira en, “El fusilamiento de Dorrego. Varela y Del Carril: Cartas Que después de leídas se rompen”. Cuaderno nº 1. Colección “Documentos de Polémica. Páginas 1, 5, 19, 24, 25, 26,28. Centro Editor de América Latina.
(1) Hernán Brienza, “El loco Dorrego”, Editorial Marea, 2007.
(2) Jose María Rosa detalla que “El 2 de setiembre de 1869 (es decir, muchos años después de ocurrido) don José María Roxas y Patrón escribía a su amigo Juan Manuel de Rosas, exilado en Southampton, sobre la revolución unitaria de 1829: ‘Voy a relatar lo que oí a personas de mi relación y lo que ocurrió en el público como positivo. Luego que llegó a Buenos Aires la noticia cierta de tener Lavalle en su poder a Dorrego, se reunió un consejo de los miembros del gobierno y de otros principales de la camarilla, para determinar lo qué debería hacerse con el prisionero. En tal extremo decidieron su muerte’ Contesta Rosas: ‘Pienso lo mismo. El señor general Lavalle, lamentando su gravísimo error, quejoso y enfurecido contra los hombres responsables de la lista civil que lo habían impulsado al motín de diciembre y aconsejado la ejecución del ilustre Jefe Supremo del Estado. Me mostró en las conferencias de Cañuelas las cartas que tenía de aquellos relativas a esos hechos. Entre ellas una del señor don Julián Segundo Agüero.’ (Documentos de la correspondencia de Rosas).
Las cartas de del Carril y Varela fueron conservadas por Lavalle que las mostró a Rosas en las entrevistas de Cañuelas, junto con el borrador del parte del fusilamiento de Dorrego redactado por Agüero (carta de Rosas a Josefa Gómez comentando el libro Historia de Rosas de Bilbao, recopilada por Lazarino, Juan Manuel de Rosas escribe su propia historia, y carta de Rosas a Roxas y Patrón del 25 de julio de 1869 publicada por Saldías). Muchos años después aparecieron entre los papeles de Lavalle, y el historiador Ángel Justiniano Carranza las publicó en La Nación en 1881 recopilándolas en un libro El General Lavalle ante la justicia póstuma (1886). El borrador de Agüero (que Rosas dice haberle mostrado Lavalle en Cañuelas) no fue publicado por Carranza. Tal vez Lavalle lo destruyó, por el carácter sacerdotal del remitente.
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